He descubierto la vereda de las rosas
en huecos de sal en la herida
y en piedras sobornadas por silencios.
Llueven los límites del mundo
en tus ojos por huesos extraviados,
en el crepúsculo del signo de bitácora.
Nieva en mi alma seducida por el sueño
entre dioses ardientes
que ocultan enigmas de Tierra
entre noches de piel, susurros, labios.
Duermen mis manos
en tu invierno melancólico,
mientras tus iris se restauran con libélulas.
Ana Muela Sopeña
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