domingo, 4 de enero de 2009

Un poco delirante ...


Un pulpo me sostiene la cabeza.
Desde abajo.
Su cabeza bulbosa reposa en las vértebras superiores de mi columna.
Sus tentáculos suben por mi cráneo.
Sus ventosas queman mi cerebro.
Su pico córneo, duro, afilado, se clava en mi bulbo raquídeo...

A veces se desliza -a un lado, al otro... 
-su cabeza gelatinosa, pesada, y me carga más sobre un hombro.
Sus ojos me miran desde dentro: crueles, impasibles, fríos, ajenos...

Observan mi dolor y envían la orden ensañada de realizar
 algún movimiento que agrave mi situación.
.
Hay veces que se acomoda, 
se asienta de manera que yo camine como lastrado. 
Me acuerdo de esos orientales que cargan pesos 
a ambos lados de una pértiga,
 sobre su cuello.

Me cuesta mirar de cara al mundo.
Me cuesta girar la cabeza al cruzar una calle.

Si el pulpo es poseedor de risa, 
ese es el momento oportuno para que la deje salir.

Gelatina, dolor, pico, quemazón, disparo, agujero, puertas, carga...

PREGUNTA: ¿Cómo se mata un pulpo?
RESPUESTA: Dándole la vuelta a la "envoltura" de su cabeza 
o sumergiéndolo en agua hirviendo.

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