sábado, 28 de enero de 2012

Dónde están las Hadas.


No es que me hayan faltado frutos frescos y carreras en el bosque;
 risas chillonas y consuelo extenso en brazos cortos. 

Pero mi imagen en el lago no miente.

Me dicen que soy bonita. 
Yo suelo preguntar: comparada con quién. 

Entonces uno de ellos empieza a desafinar esa melodía
 monótona y absurda. 

Tan distinta de las que entonan las noches y los lobos; 
de las que me trae el viento afilado, 
de las que emanan de mis propias ventanas.

Hoy no fregaré la olla de cobre y dejaré que ellos tiendan sus camas.
 No puedo esperar a leer el libro que encontré en el cuarto prohibido.

 Ya espié la última página: allí estaba la pobre princesa. 

Amarrada a un príncipe plástico con una enorme sonrisa publicitaria, 
cuyo aliento pestilente podría despertar a un muerto.

Tocan a la puerta. 
Debe ser otra vez esa vieja de las manzanas. 

A ver si entiende de una vez que las detesto.

Diana H.

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