No es que me hayan faltado frutos frescos y carreras en el bosque;
risas chillonas y consuelo extenso en brazos cortos.
Pero mi imagen en el lago no miente.
Me dicen que soy bonita.
Yo suelo preguntar: comparada con quién.
Entonces uno de ellos empieza a desafinar esa melodía
monótona y absurda.
Tan distinta de las que entonan las noches y los lobos;
de las que me trae el viento afilado,
de las que emanan de mis propias ventanas.
Hoy no fregaré la olla de cobre y dejaré que ellos tiendan sus camas.
No puedo esperar a leer el libro que encontré en el cuarto prohibido.
Ya espié la última página: allí estaba la pobre princesa.
Amarrada a un príncipe plástico con una enorme sonrisa publicitaria,
cuyo aliento pestilente podría despertar a un muerto.
Tocan a la puerta.
Debe ser otra vez esa vieja de las manzanas.
A ver si entiende de una vez que las detesto.
Diana H.

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