viernes 27 de enero de 2012

La MALA calidad de los discursos políticos.


El proceso de degradación del discurso político, que parece haberse acelerado desde que, en 1989, el señor Francis Fukuyama decretó 
el fin de la historia y de las ideologías, amenaza con clausurar definitivamente la capacidad de razonamiento colectivo. 

Ni la clase política ni los medios de comunicación parecen interesados 
en  romper con la palabrería asfixiante que vacía 
de contenido cualquier mensaje.

El desconocimiento de la sintaxis, la ortografía, la pobreza del vocabulario
 y las dificultades para expresarse de modo coherente que se observan tanto en el habla cotidiana y en los comentarios de los lectores en los diarios como en artículos, noticias y reportajes de los medios de comunicación, escritos, radiofónicos y televisivos, y en éstos la manipulación informativa, 
son síntomas que revelan una mala praxis educativa y una perversa política
 de alienación y narcotización de la sociedad.

Una sociedad anodina y culturalmente desertizada es campo propicio 
para un discurso político reducido a la expresión de eslóganes de venta 
de un producto -el partido, el candidato, las políticas menores- al insulto, 
la descalificación del rival y al power point en detrimento del argumento, 
el diálogo y el contenido imprescindibles para la comunicación 
y el entendimiento entre los partidos y entre los partidos y los sindicatos,
 las entidades empresariales y culturales, y el electorado en general para una eficaz gestión de la res publica. 

Resulta dramático observar cómo la mayoría de los políticos no encuentra 
las palabras adecuadas para explicar a los ciudadanos la realidad del país
 y de un mundo en el que millones de personas mueren de hambre 
o en guerras, quedan sin trabajo, sin viviendas o sin esperanzas de futuro. 

Resulta dramático comprobar cómo sus frases hechas y vacuas se enredan
 en madejas de intereses mezquinos que disimulan la corrupción ética
 y económica, reducen el bienestar de los ciudadanos y ponen en peligro 
la paz y la democracia.