La mujer de Matt King (George Clooney) sufre un accidente y queda en coma, una tragedia que trastoca la vida de toda la familia, especialmente
la del marido que, como bien explica al principio de la cinta,
se había limitado a ser el progenitor suplente.
De pronto, tiene que reunir a sus dos hijas, hablar con los abuelos
y con los amigos comunes, y enfrentarse, en definitiva, a los secretos
y fantasmas que habían aparecido sin que él se percatara.
Todo eso mientras lidia con la venta de unos valiosos terrenos,
quizá uno de los últimos vestigios de tierra virgen en una isla
que aparece como un paraíso en decadencia.
Una película que demuestra que hay cine más allá de las explosiones y de las escenas de acción espectaculares, una película de actores, intimista, que consigue apelar a los sentimientos sin caer en cursilerías, que consigue algo tan difícil como enfrentarnos a una tragedia a la vez que nos dibuja una sonrisa.
Contribuye a ello algunos de los personajes, como Sid (Nick Krause), un amigo de la hija adolescente que se involucra en la aventura de esta familia y no se separa de ellos ni a sol ni a sombra.
George Clooney está soberbio en su papel, y me sorprendió especialmente la interpretación de Shailene Woodley, la joven actriz que encarna a Alexandra, la hija mayor, (estén atentos a la escena de la piscina).
Y también la niña, Amara Miller, tiene momentos de gran intensidad.
Un reparto, en conjunto, perfecto.
No resulta extraño que esta cinta se encuentre entre las favoritas de la próxima edición de los Oscar.
Un film que nos habla sobre esos lazos que unen a los miembros
de una familia, por diferentes que sean unos de otros
o lo distanciados que lleguen a estar.
En este caso, el protagonista es un hombre que se encuentra perdido y que quiere hacer lo correcto, tomar las decisiones adecuadas y conseguir,
en definitiva, que esa familia que ha quedado herida, repentinamente mutilada, no se desmorone.
Una película para recomendar


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