
En 2008 unos psicólogos canadienses publicaron un artículo sobre
Winnie the Pooh titulado “Patología en el bosque de los Cien Acres”.
Este osito, aparentemente sano, ocultaba una hiperactividad enfermiza
y un funcionamiento cognitivo limítrofe.
Sus amigos tampoco se quedaban atrás: el conejo narcisista,
la lechuza emocionalmente perturbada y el cerdito con ansiedad.
Y para qué hablar del burro, con baja autoestima.
Lo que estos canadienses denunciaban es que legiones psicólogos, psicoterapeutas y psiquiatras se han dedicado sin descanso a convertir en enfermos a nuestros infantes.
Incluso dieron un paso más allá cuando empezaron a afirmar -
¡sin demostrar!-
que la mayoría de los adultos estamos emocionalmente enfermos.
Por culpa de la sociedad, claro.

Semejante estrategia, que muchos colegas suyos denuncian, ha conseguido
el efecto buscado: hacer imprescindible al psicoterapeuta…
y llenar su consulta.
Siempre recordaré esa frase de la película Cocodrilo Dundee
cuando la chica le dice que alguien va al psicólogo a contarle sus problemas
y el australiano responde:
“¿Qué pasa? ¿Es que no tiene amigos?”
Esta campaña de marketing -que oculta bajo la alfombra la verdadera psicología-
ha conseguido transmitir a la sociedad que ellos son la mejor solución
a los problemas emocionales porque lo saben todo
sobre el comportamiento humano.
Como si tuvieran un corpus teórico único y bien definido,
cuando lo que hay son escuelas y modas.
¡Y más de una treintena!
Así, en función de si visitas a un cognitivo, conductista, psicoanalista,
funcionalista o gelstáltico tendrás explicaciones
(y terapias) diferentes a tus males.
Algo que también depende de las épocas:
la probabilidad de encontrarte con un gelstáltico en los 80
era muchísimo más elevada que hoy en día.
Eso sí, la base empírica de todas ellas es casi indetectable.
La impresión con la que uno se queda es que pertenecer
a una escuela u otra es como ir al mercado:
miras el puesto
de frutas y te quedas con la que más te gusta.
masabadell
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