
Se volvió y miró tras de sí en la noche, pero no vio a nadie.
Había algo de irreal a su alrededor y, encogido, las manos en los bolsillos del pantalón,
avivó el paso.
Al andar, sólo su sombra parecía habitarle, tornadiza y fugitiva, a capricho de los faroles
de aquella extraña calle.
Esperaba ser abordado, arremetido por alguna inspiración;
tenía ese presentimiento borbotando inquieto en su cerebro
. Llegaría a algún desconocido lugar, no importaba adónde, tal vez a un barrio muerto
del extrabarrio...
Estaba intranquilo: Necesitaba arrancarse del alma un molesto desasosiego; de ese alma que le acuciaba el paso, reclamándole a gritos un espejo...
Y tornó a volverse, entre temeroso y necesitado de que algo repentinamente aconteciera.
Con esta sensación vagó en la oscuridad y en el tiempo, como quien circunvala una paradoja, llegando maquinalmente a su destino y sin saber interpretar el sentido del irónico derrotero que lo había guiado hasta su propia casa.
Pero ahí estaba, curioso; ahí, tomando una llave equivocada, corrigiéndola entre dedos para abrir el portal, subiendo a pie las escaleras; ahí, escuchando el eco desprendido de cada uno de sus pasos, hasta que ganó el descanso, franqueó la puerta del piso y fue directamente a apoyarse en la mesa de la cocina.
Sobre la cual tenía papel, un bolígrafo a mano y la sensación de haber transitado desde el principio de los tiempos este tipo de situaciones en las que uno se pone a escribir, pero a escribir qué... Cualquier cosa que no terminara en la papelera.
Eso pensaba. Se sentó;
dibujó unas líneas y comenzó a sentirlo sobre él, como una onerosa carga, hasta el punto de que se la sacó de encima, permaneciendo desnudo y aturdido, vagamente ensimismado. Los pies sobre el frío azulejo, tenía fervores en la frente, y se sintió tomado por una deliberada improvisación que parecía quebrar su aliento, cuando volvió a escribir y lo hizo nueva y repetidamente para hablar de sí...
Sí, de sí: De cómo había estado vagando y miraba hacia atrás en la noche, sin ver a nadie.
De que sólo halló su sombra, habitándole, tornadiza y fugitiva, a capricho de las faroles de una extraña calle. De que esperó ser abordado, arremetido por alguna inspiración;
de que tuvo ese presentimiento borbotando inquieto y pertinaz en su cerebro...
Y de ese molesto y eterno desasosiego, que le era como un obstinado rumor,
y de ese alma que le acuciaba el paso al andar, una vez más,
reclamándole a gritos un espejo...
...quiero saber si es ella.
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