
Un día cualquiera, en un lugar cualquiera...
una mujer comenzaba su día igual que el día anterior y el anterior...
Mientras se tomaba su taza de café
pensaba que tal vez y sólo tal vez, hoy seria distinto.
¿Qué podía hacer para cambiar su vida?
Era tan necesario para ella salir de esa monotonía constante,
de ese aburrimiento cotidiano, que no sabia por donde empezar.
Esa mañana cuando salió de casa,
decidió cambiar de ruta.
No siguió por el camino de siempre,
ese que se aprendieron sus pasos que ya no necesitaban
unos ojos que les guiase.
Nada parecía distinto...
edificios que se despertaban, semáforos que paraban el trafico,
personas sonámbulas cruzando las calles.
Pero algo llamó su atención...
En un banco había un muchacho sentado,
su rostro casi cubierto por una bufanda y en su mano,
una margarita.
Se quedó un rato observando y pensó por un momento
que el muchacho deshojaría aquella flor, pero no fue así.
Recordó cuando alguien deshojo una margarita
por ella y sonrió con melancolía.
Siguió su camino y su día pasó como todos,
sin pena ni gloria.
Durante toda la semana cambió su ruta diariamente,
nada nuevo, todo seguía igual.
Pero aquella mañana...
Volvió a pasar por aquel banco y aquel chico estaba allí, sentado,
con la bufanda cubriendo casi su rostro y mirando la margarita
que sujetaba en sus manos.
Los faros de un coche iluminaron sus ojos...
las lágrimas caían con tristeza perdiéndose tras la bufanda.
Se sentó a su lado y tomó con timidez
dulzura y fuerza una de sus manos.
El muchacho la miró a los ojos,
sus labios sonrieron por un instante
y volvió a mirar la margarita.
Los dos se quedaron rodeados de ruido,
en su mundo silencioso...
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