domingo, 23 de enero de 2011

Aquella dispersión...


Y entonces fue la dispersión. 

El mismo viento soplaba en distintos sentidos. 

¿O acaso eran muchos vientos desde distintos vértices? 

Las raíces tiraban desde posiciones contrapuestas. 
Los troncos se desgajaban de la tierra. 
El ramaje se sentía tan fecundo como para ensayar 
su dinámica de vuelo. 

No se sabe cómo fue, pero el paisaje estalló plural desde el origen. 

Y luego, el aprendizaje. 
Después, la prueba. 
Y más tarde, la tentación del paraíso. 

Y al fin y al cabo, la necesidad imponiéndose.
 La extraña y maldita dispersión.
 El arrojamiento sugerido por la sangre. 
La asombrosa diáspora del polen.
 La incomprendida apuesta por los seres que se lleva dentro.

 El sentido de las propias claves.
 Sobre la colina pelada, los árboles se hacen viejos.
 Parecen cimbrearse con dificultad.

 ¿Se recogen o se hunden?

 Un arco de madera y follaje completa la danza. 
No son tan enormes. 
No son tan seguros.
 Perseveran bajo el sol.

 Simplemente.
 Tienden la redonda mano de sus copas a la luna.
 Un signo. 
No es el flujo caprichoso del aire el que les zarandea.

 Son sus preguntas, sus ansias.
 Campean vehementes, desafiando el ciclo de las estaciones.

 Al caer la tarde, se alzan pausadamente, pero decididos. 
Nadie los ve, pero son ellos quienes dibujan los deseos. 
Nadie los oye, pero son ellos los que agitan los sueños.




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