Luis XIII había concedido a Paul Scarron una pensión de 500 escudos,
aunque posteriormente la perdería debido a sus simpatías por la Fronda.
Ese sentimiento se refleja en Las Mazarinadas, unos versos contra Mazarino que, aunque escritos de modo anónimo, dejan adivinar quién es el autor.
Otras plumas se sumaban por entonces a las que escribían sátiras contra el cardenal.
Siete de las Mazarinadas eran obra de Cyrano de Bergerac,
aunque también él lo negaba.
Paul llevaba un lujoso tren de vida.
Era un anfitrión encantador y la gente buscaba con afán
una invitación a sus cenas.
Debido a tanto derroche, siempre estaba sin un céntimo.
Sus obras obtenían grandes éxitos, pero no llenaban su bolsa,
de modo que bromeaba diciendo que vive en el hôtel de l’Impécuniosité
(la mansión de la escasez pecuniaria).
En él recibe a intelectuales y grandes personajes de la Corte.
La marquesa de Sévigné es una de las asiduas.
Madame de Sévigné
Otra de las personas que frecuentaban la casa del poeta era su vecina
Marie-Marguerite de Saint-Herman.
La joven Françoise d’Aubigné había entablado amistad con ella
durante su estancia en París, y cuando regresó a Niort comenzó
a mantener correspondencia con ella.
Marguerite encuentra tan exquisita, tan bien escrita aquella carta
que se la muestra a Paul, y él, divertido,
toma la pluma para escribirle personalmente.
Esta es la carta de Scarron a Françoise:
“Mademoiselle, siempre sospeché que esa jovencita que vi entrar
hace seis meses en mi habitación, con un vestido demasiado corto,
era tan espiritual como su rostro delataba.
La carta que has escrito a mademoiselle de Saint-Herman
está tan plena de inspiración que estoy descontento de la mía,
que no me hizo conocer antes todo el mérito de la vuestra.
Para la verdad, jamás hubiese creído que en las islas de América o entre las religiosas de Niort, se aprendiese a escribir bellas cartas, y no puedo imaginar por qué razón has tenido tanto cuidado en ocultar vuestra inspiración, siendo que todos quieren mostrar la suya.
Ahora que has sido descubierta, no debes oponeros a escribirme tan bien como a mademoiselle de Saint-Herman.
Haré lo posible por escribir una carta tan buena como la vuestra,
y a vos a complacerá ver que me falta mucho para tener
tanta inspiración como vos…”
El irreductible poeta cedía al impulso de lanzarse a un juego emocionante,
una misión casi imposible: tratar de conquistar a la hermosa joven
a la que tanto había horrorizado hasta conseguir que al menos lo viera
de otro modo y ya no se espantara en su presencia.
¿Sería capaz aún de desplegar su encanto?
Françoise se siente sorprendida al recibir la carta, y,
desde luego, aliviada, puesto que pensaba que lo había ofendido
gravemente con su reacción durante aquella visita.
Madame de Neuillant autoriza la correspondencia con Scarron,
y comienza así una actividad que le resultaba muy grata,
un consuelo en medio de su soledad.
Para entonces Françoise se había convertido en una joven muy hermosa.
Madeleine de Scudéry nos la describe así:
“Es alta y de buen talle, cutis muy liso y hermoso, cabellos de un castaño claro y muy agradable, nariz bella, boca bien dibujada, aire dulce, noble, alegre, modesto, y, para hacer su belleza más perfecta y radiante, tiene los ojos más hermosos del mundo, negros, brillantes, dulces, apasionados, llenos de espiritualidad.
En ellos solía aparecer la dulce melancolía con todos los encantos
que la acompañan casi siempre.
La jovialidad se dejaba ver a su vez, con los atractivos
que la alegría puede inspirar.”
Sus manos eran también muy admiradas, de ahí que un día, mucho después, harán exclamar a Luis XIV: “Una bella mano vale un blasón”.
Paul ha visto todo eso. Demasiado bien lo ha visto,
y canta en rendidos versos su belleza.
El fuego que brilla en sus ojos
No es un fuego fácil de pintar.
Los versos no sabrían expresar
Ni la languidez de su rostro,
Ni ese aire tan suave, modesto y prudente
Que al tiempo que inspira amor,
Quita el espíritu y el coraje.
Si todos esos visibles tesoros
Y el aspecto de su adorable talle,
Forman un objeto muy amable,
Lo que ella oculta de su cuerpo
Sólo podría ser admirable.
Scarron está perdido.
Cuando recibe noticias de que Françoise está enferma
—tiene paludismo—, le escribe para destaparle por fin sus sentimientos:
“Confío en mis fuerzas, agobiado de males como estoy, para participar en los vuestros.
No sé si no hubiese sido preferible que desconfiase de vos la primera vez que te vi…
Pero también, ¿quién podía pensar que una joven debiera turbar el espíritu de un viejo?
Sé que estás enferma, pero no sé si se te prodigan todos los cuidados que se te deben…
¡Y todo por amaros más de lo que yo pensaba!
¡Vaya si te amo!
Y es una tontería amar tanto.
¡Qué ganas tengo, en todo momento, virtud de mi vida, de ir al Poitou!
Y con el frío que hace, ¿no es una locura?
Volved, por Dios, volved,
pues estoy tan loco como para echar de menos las bellezas ausentes”.
En la Corte del Rey Sol - Cierto Sabor a Veneno



No hay comentarios:
Publicar un comentario