Van llegando y los ojos se te abren.
Y el olfato se te agudiza.
Y los músculos se desperezan.
Y extiendes las manos para dejarte tocar por ellos.
Y todo tú eres expectante.
No miras solamente los territorios físicos sobre los que te yergues.
Divisas también los recuerdos.
Tras ellos resurgen lejanos colores.
Luego imaginas cómo sería la concreción de lo deseado,
de lo que aún no obtienes, de lo que apenas se insinúa
en tu pausada senda.
Y al esforzarte en ello los colores se te muestran más turbios
y su imprecisión te desasosiega.
Quieres estar donde estás.
Te abstraes de la hoja del calendario, de los quehaceres,
de los compromisos.
Permaneces oferente a esas luces que se multiplican espectralmente.
Que se deshacen cuando roza tu cuerpo.
Hasta qué punto entran en tu percepción te sorprende.
Hasta qué interioridad habitan contigo te asusta.
Te mojan, te cubren de salinidad, te resecan,
te aromatizan con la desinencia del tomillo,
aletargan tus palabras.
Lentamente se va imponiendo su plenitud un día más.
Cierras los párpados para que no tengas que optar por ninguno
de ellos.
Y cuando te sientes tomado, cuando percibes cómo se infiltran
por tus venas, cuando te duele el bisturí de su fuego,
entonces los abres poco a poco.
Abres también tu boca despacio.
Expandes tu torso al máximo.
No te importa salir de ti,
dejarte arrebatar,
convertirte en uno de ellos.



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