Y lloré.
Sentí como me desangraba en sudor frío y tenía miedo.
Me dolían demasiado todos aquellos agarrones que me desgarraban
lo que yo creía ser.
Tenía miedo que me hubiese perdido.
Miré el arma acomodada en mi mano, ya tan habituada a ella, tan estilizada,
tan bella, tan mortal…
La alcé rápidamente y apunté; quité el seguro y ¡Bang!
Comencé a disparar balas fingidas a ese extraño ser que el espejo se había empeñado en reflejarme.
Una y otra vez, y otra, y otra más, pero no conseguí apear a ese monstruo
de mi cuerpo.
Tenía miedo de mí mismo, tenía miedo de ese reflejo,
pero tuve que habituarme.
Me sentí mareado y me abandoné en los jirones de una vieja marioneta, aún así sentí hundirme y clavar las rodillas contra el suelo.
Desperté entumecido.
Se me quejaban las magulladuras y los golpes, ya convertidos en moratones.
Veía mi mundo dar vueltas entre una extraña y espesa nube de humo.
Intenté levantarme y beber algo de agua, pero un dolor punzante,
como si me hubiesen golpeado con una barra de acero, me atravesó el cráneo
y caí doblado de dolor.
Varias veces me sentí al borde de la inconsciencia
.
Intenté dormir algo más, sin éxito, pero al menos pude contentarme
con permanecer en un ligero estado de insomnio.
A medida que el tiempo corría, la nube se disolvía, las heridas se quejaban menos, las cosas estaban más estáticas y los golpes con la barra de acero dolían menos.
Me desnudé por el camino al baño, dejando por el pasillo la ropa manchada
de sangre, sudada, rota…y me metí en la ducha
Solo duré dos minutos, solo ciento veinte segundos y ya estaba derrumbado
entre las enormes murallas de la bañera, sentado y dejando que aquella lluvia inventada de múltiples gotas de agua se entremezclaran con las que yo lloraba.
No sé cuanto estuve, ni siquiera recuerdo lo que allí pasó,
solo recuerdo la sensación de encontrarme solo, enajenado, vacío, muerto…
Cuando conseguí volver en mí me sorprendió una oscuridad tan cerrada,
y caí en la cuenta que había olvidado mirar el reloj
Me levanté y salí de la bañera corriendo, desnudo,
con las palmas de las manos y la de los pies arrugadas,
pintando huella uniformes de mis pasos sobre el suelo.

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