Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac.
Las doce y veintinueve de la noche.
Me quedé inmóvil, sin pensar en nada, sin latir en nada.
Toda una existencia fija en un maldito y simple segundero
que iba contra mí.
Solo algo, no se el qué, me pegó una patada a la altura del pecho
e hizo que volviera a latir, a crear sístoles y diástoles,
que volviera a respirar y que el oxígeno llegara a la sangre
que iría a mi cerebro a darle fuerzas para pensar.
Me puse algo encima, lo primero que agarré y corrí,
no se donde pero corrí…
El barrio extrañamente estaba rodeado de silencios.
No habían coches, ni ventanas encendidas, ni siquiera había luna.
Todo era oscuridad, una terrible, fría y oscura oscuridad.
Y allí en medio estaba yo, absorbido por la misma,
solo siendo latidos, solo siendo respiración.
Llegué a la avenida y a medida que avanzaba paso a paso,
notaba el aire más corrompido, el silencio dominante más aterrador,
la tensión más fiera, tanto que ya hacía daño.
Un grito aullado reventó la calma y esclavizó los silencios
ya desterrados.
Los gatos callejeros huían y se subían a los tejados.
Las ratas escapaban por alguna rendija que daba a parar
a alguna cloaca.
Tal vez aquella farola fuera de las pocas que brillaban
con tanta intensidad, o esa era la sensación que tenía yo
porque aquella farola casualmente brillaba en aquella esquina
y se empeñaba en mostrar una danza agresiva
de sombras en la pared.
Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac.
Las doce y treinta y seis.

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