viernes, 18 de febrero de 2011

Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac.


Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac.
Las doce y veintinueve de la noche.

Me quedé inmóvil, sin pensar en nada, sin latir en nada.
 Toda una existencia fija en un maldito y simple segundero
 que iba contra mí. 

Solo algo, no se el qué, me pegó una patada a la altura del pecho
 e hizo que volviera a latir, a crear sístoles y diástoles, 
que volviera a respirar y que el oxígeno llegara a la sangre 
que iría a mi cerebro a darle fuerzas para pensar.

Me puse algo encima, lo primero que agarré y corrí,
 no se donde pero corrí…

El barrio extrañamente estaba rodeado de silencios.
 No habían coches, ni ventanas encendidas, ni siquiera había luna. 

Todo era oscuridad, una terrible, fría y oscura oscuridad. 

Y allí en medio estaba yo, absorbido por la misma,
 solo siendo latidos, solo siendo respiración.

Llegué a la avenida y a medida que avanzaba paso a paso,
 notaba el aire más corrompido, el silencio dominante más aterrador,
 la tensión más fiera, tanto que ya hacía daño.

Un grito aullado reventó la calma y esclavizó los silencios 
ya desterrados. 

Los gatos callejeros huían y se subían a los tejados.
 Las ratas escapaban por alguna rendija que daba a parar
 a alguna cloaca.

Tal vez aquella farola fuera de las pocas que brillaban
 con tanta intensidad, o esa era la sensación que tenía yo
 porque aquella farola casualmente brillaba en aquella esquina
 y se empeñaba en mostrar una danza agresiva 
de sombras en la pared.

Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac Tic-Tac. 

Las doce y treinta y seis.

No hay comentarios: