sábado, 5 de marzo de 2011

Adular... adular... adular...


 "No adules a tu bienhechor", dijo Buda.

 Repítase esta frase en una iglesia cristiana:
 inmediatamente quedará el aire purificado de todo
 lo que hay en ella de cristiano.

Nietzsche, lo expresa especialmente.

Adular a un bienhechor no es un regalo para el bienhechor.

En el mejor de los casos no supone nada para él;
 en el peor, es una forma rápida de relativizar sus buenas acciones para con nosotros y, si es un amigo, incluso de despreciar nuestra amistad mutua.

 Analicemos:
 cuando alguien hace algo bueno por nosotros,
 ¿qué pretendemos al adularle? 
¿"Compensar" sus buenos hechos sólo con palabras? 

Si intentamos esto, vamos mal, y, cuanto más nos esforcemos
 en las palabras, peor, porque en ningún esquema ético
 un "muchísimas-gracias-cuánto-aprecio-esto-de-verdad"
 puede compararse a una buena acción, por sencilla que sea. 

De hecho, cuanto más adulamos, más valor le quitamos a aquello
 que se supone que estamos agradeciendo, porque estamos dando por supuesto que la otra persona no actúa espontáneamente.

 Si interpretáramos espontaneidad responderíamos de forma 
más simple, disfrutando lo que nos ha dado, compartiendo 
con él la alegría que nos ha dado.

 Si en lugar de eso nos deshacemos en elogios y agradecimientos verbales quizá es porque nosotros en su lugar no actuaríamos como él, o lo haríamos sólo a cambio de adulación.

Esta falsa compensación se emprende con tristeza,
 porque intentamos saldar una deuda, creemos estar en deuda,
 en falta, en pecado. 

Y experimentamos deuda porque en ese momento consideramos
 a la otra persona un juez en lugar de un amigo. 

O aún peor: nos sentimos en deuda porque no podemos
 separar nuestra idea de la otra persona de nuestra idea de lo 
que obtenemos de ella, es decir, consideramos al otro como un medio, y adulándole queremos librarnos del "problema" 
(porque entender la individualidad y la voluntad de otro es problemático, requiere un esfuerzo),
 queremos mantenerle en su papel de instrumento.

 Tú me has hecho un favor y ya te lo he agradecido, 
he obtenido algo y he "pagado" por ello.

 Si un bienhechor nos hace sentir así, es mejor tener la menor relación posible con él en el futuro, porque cada vez que le veamos reviviremos la desagradable sensación de deuda, máxime sabiendo
 (porque siempre se sabe)
 que nada hemos saldado al adularle.

No hay comentarios: