Hace pocos meses colaboré con la Tesis Doctoral titulada
“Estudio de la actitud del consumidor frente a los nuevos alimentos y los alimentos modificados genéticamente”.
Los resultados, muestran como el desconocimiento de la población acerca de la biotecnología, los alimentos transgénicos o la ingeniería genética es, al menos, preocupante.
Entre otros resultados, el estudio muestra como porcentajes elevadísimos de la población afirmaron que jamás consumirían un producto lácteo en cuya elaboración haya sido empleado un microorganismo, ni conocían si los tomates tienen genes o no sabían si al consumir alimentos transgénicos los genes del consumidor se modifican.
Eso sí, afirmaban que estaban absolutamente en contra de la biotecnología y de los alimentos transgénicos.
Además, un número elevado de consumidores no tuvieron reparos en criticar las características organolépticas de los alimentos transgénicos
(sabor, color, aroma, textura), a pesar de que dudo que alguno de ellos los haya consumido por surrealistas razones que otro día discutiremos.
Como podemos observar, el rechazo de la población a los alimentos transgénicos va asociado a un desconocimiento, por una parte, de los conceptos más básicos de biotecnología y, por otra, de la composición de los alimentos que consumimos habitualmente.
¿Quiénes son los responsables de esta caótica situación?
¿Es el consumidor el único culpable de su falta de conocimientos?
¿Hay solución posible?…
Hace unos meses, participando en un foro acerca de alimentos transgénicos, escuché una anécdota que hoy traigo ya que, aunque lo que voy a relatar ocurrió hace 13 años en Suiza, los resultados mostrados en la Tesis anteriormente citada demuestran que hemos aprendido muy poco de lo ocurrido en 1998 en ese país europeo.
En un inédito, y hasta cierto punto insólito, referéndum, en el que se debatía tanto el conocimiento (o quizá mejor: desconocimiento) de las técnicas más avanzadas de la ciencia actual y sus importantes aplicaciones futuras, como las convicciones más personales de los ciudadanos,
el pueblo suizo debía decidir si frenaba los avances de la ingeniería genética y de la biotecnología.
Una iniciativa popular llamada “Iniciativa para la Protección Genética (IPG)”, formada principalmente por grupos ecologistas, algunas ONGs y el Partido Verde, tenía como meta (basándose en posibles riesgos sobre la salud, el medio ambiente y en razones éticas) tres objetivos:
a) La prohibición de todos los animales transgénicos.
b) La prohibición de todos los trabajos de campo con plantas transgénicas.
c) El impedir la concesión de patentes tanto para la modificación genética de animales y vegetales como para los productos que se pudieran derivar de ellos, incluidas las posibles vacunas biotecnológicas.
Los primeros sondeos fueron demoledores para el futuro de la biotecnología.
Una amplia mayoría de la población suiza estaba en contra de la ingeniería genética.
Además de los enormes intereses económicos en juego, se calcula que entre 4500 y 5000 científicos,
y en total unos 40000 empleos estaban en la cuerda floja.
A la biotecnología le quedaban pocos meses de vida.
Naturalmente, no sólo se enfrentaban concepciones opuestas de lo que significa el desarrollo del conocimiento científico, sus aplicaciones y un determinado modelo de futuro, sino que un triunfo de la IPG suponía el freno y casi segura deslocalización de medio millar de proyectos de investigación que estaban en curso en las aproximadamente 180 empresas especializadas existentes en Suiza, Universidades y otros centros públicos y privados de investigación.
La situación era de alto riesgo para la biotecnología y solamente un giro de 180 grados provocaría un cambio en la situación…y este llegó de la única forma posible.
La oposición a la IPG vino de aquellos que empleaban de manera cotidiana la ingeniería genética como una herramienta, es decir,
los investigadores de las ciencias de la vida.
Se produjo una alianza de investigadoresuniversitarios con la industria biotecnológica.
Otros socios importantes eran academias, asociaciones profesionales de científicos y médicos.
¿Y qué hicieron para salvar el futuro de la biotecnología y, por tanto, el suyo propio?
Los científicos tuvieron que salir a la calle con sus batas blancas, metafóricas o no, para intentar establecer puentes de entendimiento entre sus conocimientos especializados y las actitudes y prevenciones de una población que difícilmente puede seguir el acelerado ritmo de los descubrimientos científicos si no se les explica claramente.
Charlas a los consumidores, debates en medios de comunicación, jornadas científicas destinadas al gran público, incluso una conferencia de prensa de todos los suizos premiados con un Nobel.
Todos decidieron contar directamente sus resultados y experiencias a la población, explicar ventajas e inconvenientes de la biotecnología, rebatir con argumentos científicos muchas acusaciones y miedos infundados…
El día 7 de junio de 1998 Suiza decidió en referéndum el futuro de la biotecnología.
Los sondeos previos dieron un vuelco espectacular en las urnas.
La iniciativa popular contra las manipulaciones genéticas sólo fue apoyada por el 33,4 % de los votantes,
mientras el 66,6 % decidió dejar abierta la puerta a la ingeniería genética y a los organismos modificados genéticamente…
Actualmente Suiza es uno de los países europeos punteros en Biotecnología.
La experiencia suiza dejó, en mi opinión, tres importantes lecciones
que deberíamos haber asumido:
1) Con tiempo e ideas, los asuntos complicados de índole social planteados por las nuevas tecnologías pueden atraer la atención del público.
2) Si se les explica claramente el público es capaz de diferenciar los distintos aspectos, incluso no comprendiendo los detalles técnicos.
3) Los científicos, el gobierno y la industria necesitan colaborar estrechamente junto con otros grupos importantes involucrados, como los profesionales médicos, agricultores, educadores, etc.
Pero pasados 13 años parece que no hemos aprendido la lección.
Los científicos pasamos horas y horas en nuestros laboratorios investigando en los nuevos avances de la ciencia.
Una vez que nuestros resultados han sido publicados en revistas científicas volvemos al laboratorio y comenzamos nuevas investigaciones pero…
¿Quién se encarga de divulgar al público los resultados obtenidos en nuestras investigaciones?
¿Qué científico está interesado en contar sus investigaciones a la sociedad si la divulgación científica no puntúa prácticamente en ningún baremo?
¿Es que hay algún incrédulo que piense que un riguroso artículo publicado en la mejor revista científica del mundo tiene más efecto en la población que las fuertes campañas mediáticas de algunos colectivos?
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