Ayer levanté los ojos al cielo y allí estaba ella, sonriente, luminosa
y dorada, era una hermosa luna creciente.
Me gusta mirar al cielo, por la noche cuando está oscuro y salpicado por pequeñas y titileantes luces de color azulado.
Me gusta mirar al cielo, por la noche cuando está oscuro y salpicado por pequeñas y titileantes luces de color azulado.
Puedo pasar horas con la mirada puesta allí arriba,
siendo consciente de lo pequeño e insignificante que es el ser humano dentro de un Universo enorme, en expansión.
Es un privilegio levantar la mirada y perderse en ese mar de luces.
Y al poco rato,
siento conexión, paz, fuerza, energía y de manera automática, comienzo a meditar.
El silencio de la noche ayuda, la bóveda celeste se presenta plena;
y sin querer, siento que pertenezco al cosmos.
El saber que todos estamos conectados con él
es una sensación rica, placentera.
Es un regalo ver la luz de la luna que se posaba sobre el edredón, llenando de una sombra plateada en aquel espacio.
El amanecer llenaba de tonos violetas,
y anaranjados las paredes blancas que poco después se volvían más amarillas por el sol.
La luna de ayer, hizo que recordara aquellos años,
La luna de ayer, hizo que recordara aquellos años,
aquellas horas de disfrute.
Fue una maravilla poder conectar conmigo mismo a través de la naturaleza y del cosmos, de la luna, del sol y de las estrellas.
La luna estaba sonriente, fuimos cómplices de momentos inolvidables, pero aún quedan por vivir otros.
La luna estaba sonriente, fuimos cómplices de momentos inolvidables, pero aún quedan por vivir otros.
Tal vez, aquella sonrisa enigmática y plateada, anuncie y me recuerde que delante de mí hay una vida divertida, llena de sorpresas,
de misterios que desentrañar, de enigmas que resolver, de secretos que han de ser desvelados.
Quién sabe si la luna querrá descubrir su lado oculto.
Sólo se es que si llega ese momento, lo aprovecharé al máximo.

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