El ruido del teléfono aturde los sentidos.
Estruendoso intento de llamada de atención que nadie escucha ya, en este laboratorio de sonidos impecables y rastreros donde levantar
el auricular equivaldría a rendirse.
Voces brotando a través de una carcaza oxidada.
Voces brotando a través de una carcaza oxidada.
Chillidos inconexos reclamando los cuerpos que han perdido a través de su viaje por los cables del pasado.
No hay espacio único que nos abarque.
No hay espacio único que nos abarque.
No hay lágrimas suficientes que nos sostengan.
No hay otras prisiones posibles.
Un sonoro silencio único e inabarcable, tan absurdo e impalpable como un sueño, como la imagen que nos sobreviene de pronto
en el caminar, por la mañana, recordándonos por un instante fugaz
la onírica situación con la que nos encontró esa mañana.

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