viernes, 29 de abril de 2011

Un enemigo silencioso...


El 26 de abril de 1986 se produjo el mayor accidente
 nuclear hasta la fecha.

 Un accidente debido a una cadena de errores humanos aderezada con el fatal blindaje mediático de la agonizante Unión Soviética fueron los ingredientes necesarios para el desastre.

 Catalogado en la escala INES de accidentes nucleares como nivel 7, aún hoy se desconoce el alcance de la tragedia. 

Aún hoy siguen naciendo niños malformados por los efectos
 de la radiación en Bielorrusia y las zonas más afectadas por aquel aliento mortal que estuvo meses escapando del agujero 
donde estaba el reactor 4 de Chernóbyl.

El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas. 

Y el nombre de la estrella es Ajenjo.

 Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; 
y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas. 

Apocalipsis 8, 10-11. (Chernóbil en ucraniano significa ajenjo).


No es que sea muy pro-citas bíblicas, la verdad, pero con esta cita del Apocalipsis comienza la novela Chernóbyl de Frederik Pohl. 

 Lo publicó Ediciones B en 1987. Se trata de una narración novelizada de los sucesos que tuvieron lugar en la central nuclear soviética y que tuve ocasión de leer hace muchos años, no es fácil de encontrar,
 pero se trata de una buena narración de los acontecimientos.

Prípiat era una ciudad situada al norte de Ucrania, en Kiev, muy cerca de la frontera con Bielorrusia. 

Se construyó para los trabajadores de la central nuclear de Chernóbyl. 

Era una ciudad con un clima templado y un buen suelo de cultivo. 

En poco tiempo atrajo nuevos habitantes y llegó a la cifra de 40.000
 en tan solo 16 años.

 Hoy es una ciudad desierta. 

Abandonada. 
Envenenada por la ponzoña que exhaló aquel infierno. 

Una imagen tanto de la unión soviética en sus últimos alientos 
como del horror de la tragedia que tuvo lugar muy cerca de allí, 
la noche del 26 de abril.

De lo que quiero hablar hoy es de las consecuencias de un desastre como Chernóbyl o como el accidente de 1957 en Mayak, catalogado en la escala como INES 6 en la que un fallo en el sistema de refrigeración en la central de reprocesamiento de combustible ubicada allí provocó una explosión con una subsiguiente liberación
 de radiación que expuso a 500.000 personas y provocó al menos 
200 muertes. 

Las horribles consecuencias que sufrió esta gente se debieron,
 en muy gran medida, a la ocultación total y a la negación por parte de las autoridades del desastre, provocando que miles de personas permanecieran en la zona sufriendo posteriormente horribles quemaduras por radiación.

Algo similar, salvando las distancias, sufrieron los 40.000 habitantes de Prípiat que fueron evacuados al cabo de los días
 y los 600.000 liquidadores que lucharon en Chernóbyl contra el infierno radioactivo. 

Y es que la radioactividad, la radiación ionizante, 
es un enemigo silencioso.

Casi todos los testimonios concuerdan en ese miedo especial 
y tan extraño. 

Es un enemigo que te rodea permanentemente, que no lo notas, salvo si acaso en un sabor metálico y amargo en la boca, como el del ajenjo, debido al Yodo-131 o al Cesio-137, los primeros productos radioactivos en fugarse debido a su volatilidad. 

Pero la radiación te rodea y no la notas, hasta días o semanas,
 incluso años después.

Esa era su desesperación.

 Recordemos que estaban, los habitantes de Prípiat,
 en los últimos coletazos de la Unión Soviética y la Guerra Fría. 

De algún modo, estaban psicológicamente preparados para sufrir
 la invasión del enemigo humano.

Pero no de un enemigo silencioso como este, que no notas,
 pero que está ahí, afectándote lentamente.

La siguiente imagen muestra la dispersión
 de Cesio 137 y otros elementos radioactivos.


Viene expresada en curios por metro cuadrado. 

Es decir, 1 ci/m^2 equivale a unos 37 millones de becquerelios
 por metro cuadrado. 

O lo que es lo mismo, 37 millones de desintegraciones nucleares
 por segundo y por metro cuadrado. 

Es unidad de actividad radiactiva, no de dosis como 
puede ser el sievert o el gray.

 Pero indica en qué lugares la contaminación fue mayor.

Si se fijan, la mayoría de la nube incidió sobre Bielorrusia. 

Esto se debe a que los primeros días el viento empujaba la nube lejos de Ucrania y acabó llegando a Rusia a través de Bielorrusia. 

Así que fueron los bielorrusos, y no los ucranianos, los que viero
 sus tierras envenenadas en mayor proporción.

Cabe recordar que el accidente fue expuesto al público al detectarse el 27 de Abril en Suecia partículas radioactivas de Chernóbyl en las ropas de los trabajadores de la central de Forsmark. 

Esto es, a más de mil kilómetros de distancia. 

Antes de ese momento, el accidente ni se divulgó ni se tomaron medidas al respecto más allá de intentar sofocar el incendio. 

No es de extrañar, que el accidente de Chernóbyl sea considerado una tragedia nacional en Bielorrusia.

Pero volviendo a la radiación. 

De todo el inventario de materiales radioactivos liberados,
 los radioisótopos más peligrosos que se esparcieron hasta tan lejos son el Cesio 137 (Cs 137) y el Estroncio 90 (Sr 90), que aún están en el suelo y en el agua. 

Ambos tienen un periodo de semidesintegración del orden 
de 3 décadas y ambos se depositaron en el suelo debido a la lluvia radioactiva (o fallout, como prefiráis llamralo).

El Yodo 131 tiene un periodo de semidesintegración de 8 días aproximadamente, y es muy perjudicial ingerirlo debido a que provoca efectos fisiológicos relacionados con la glándula tiroides. 

El Yodo 131 puede ser eliminado incluso evitar ser afectado ingiriendo pastillas de Yodo que eviten que la glándula tiroides asimile
 el Yodo 131 y se produzcan problemas. 

Pero mientras está dentro de nuestro cuerpo, la radiación beta y la gamma van haciendo estragos. 

Al carecer de tratamiento, muchos niños ingirieron material contaminado por Yodo 131. 

La ingesta de pastillas de Yodo evita que la glándula tiroides absorba
 el Yodo 131 durante varias semanas, minimizando el impacto
 de la exposición a este elemento.

En cambio, otros materiales como el Cs 137 y el Sr 90 permanecen, porque viven mucho más tiempo. 

El cesio tiene un ciclo biológico de unos 70 días y se distribuye uniformemente por todo el cuerpo. 

Las ingestiones accidentales pueden ser tratadas con azul de prusia que ayuda a su eliminación.

El Cs 137 decae beta a Bario 137 metaestable que emite radiación gamma. 

Como en cualquier otro elemento radioactivo, influye el tiempo de exposición, la distancia a la fuente radioactiva, la actividad de ésta,
 la zona de nuestro cuerpo afectada, etcétera. 

Recordemos que la radiación gamma es la más peligrosa y teniendo 
en cuenta que el Cesio estuviera en nuestro cuerpo, podría ocasionar la muerte debido a los efectos de la radiación, tal y como se vió en el Accidente radiológico de Goiânia en Brasil, 
que debido a una muestra de radioisótopos de Cesio 137 robadas de un hospital abandonado murieron 4 personas
 y sufrieron quemaduras otras 249.

Además de las quemaduras, el Cesio 137 como cualquier radioisótopo incrementa las probabilidades de sufrir cáncer y por tanto, permanecer en zonas afectadas o ingerir alimentos o agua contaminados puede aumentar significativamente las probabilidades de padecerlo.

El Estroncio 90 por su parte, apenas es absorbido por el cuerpo.

 En caso de ingesta, un 20-30% puede permanecer fundamentalmente en los huesos y alrededor de un 1% en sangre y tejidos blandos. 

Cuando se ingiere Estroncio 90, éste tiende a reemplazar el Calcio, debido a que son muy similares. 

El Calcio es un elemento fundamental en el tejido óseo y al ser sustituído tiende a acumular radiación. 

Es decir, el Estroncio 90 se fija al cuerpo y no se elimina como ocurre
 con el Cesio 137 o el Yodo 131.

Estos materiales permanecen desperdigados por miles de kilómetros cuadrados y mucha gente sigue hoy en día sufriendo
 las consecuencias.

 Es algo muy real y que permanece. 

El que miles de personas sigan teniendo que medir la actividad radioactiva de la comida que van a ingerir por si está demasiado contaminada. 

O que sigan naciendo niños con malformaciones producto 
de la exposición de los padres a estos alimentos y agua contaminada.

Por su parte, de los liquidadores que participaron en la extinción
 del reactor 4 de Chernóbyl, muchos (nadie sabe oficialmente cuántos) murieron por los efectos de la radiación y la mayoría de ellos sufre
 las consecuencias en su cuerpo, viéndose obligados a visitar
con frecuencia los hospitales especializados en tratamiento de dolencias relacionadas con la exposición a la radiación.

Dentro de un siglo, seguirá habiendo más del 12% de la actividad radioactiva que había en el momento de la deposición de esos elementos. 

El accidente no acabó en 1986. 

Sigue ocurriendo, es algo vivo y que permanece. 

Porque el enemigo sigue estando ahí, atacando lentamente, 
con toda la paciencia del mundo. 

En una batalla que no se puede ganar porque no se puede eliminar
 la tierra contaminada, los acuíferos contaminados por estos materiales.


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