sábado, 25 de junio de 2011

Aquella calse y la ventana...


El camino de una lapicera apretada entre dos dedos
me señaló el cristal roto de una ventana sucia.

A través de la hendija astillada descubrí una cúpula verde envuelta en palomas que picoteaban pelotitas de pan.

 Unas manos viejas y temblorosas las esparcían desde un balcón francés
 que sólo tenía dos plantas; una tupida y otra extraña.

De la extraña pendían frutos pequeños que el viento balanceaba junto
 con los objetos que las palomas perdieron en un pestañeo.

Pronto las aves echaron a volar y el sonido de mi propio nombre,
 golpeado por una voz ronca y tos,
 me llevó de regreso a través de la hendija, la ventana y el éter…

-¿Gustavo, podría repetir lo que acabo de decir?

-Disculpe, profesor, no escuché.


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