El camino de una lapicera apretada entre dos dedos
me señaló el cristal roto de una ventana sucia.
A través de la hendija astillada descubrí una cúpula verde envuelta en palomas que picoteaban pelotitas de pan.
Unas manos viejas y temblorosas las esparcían desde un balcón francés
que sólo tenía dos plantas; una tupida y otra extraña.
De la extraña pendían frutos pequeños que el viento balanceaba junto
con los objetos que las palomas perdieron en un pestañeo.
Pronto las aves echaron a volar y el sonido de mi propio nombre,
golpeado por una voz ronca y tos,
me llevó de regreso a través de la hendija, la ventana y el éter…
-¿Gustavo, podría repetir lo que acabo de decir?
-Disculpe, profesor, no escuché.

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