Llegar al hueso gastado de la verdad y arrojarlo al cielo,
que la noche cambie las ciudades en ese vuelo,
en la estela blanca que cae,
en el sonido que anticipa la tierra reseca.
Desde aquella mesa entre las bocas concéntricas de las vetas de la madera,
hasta el margen de las hojas,
de la lapicera que gasta su vida en estas líneas.
La cabeza del hombre pende de otros hilos,
de cansados mecanismos que no saben detenerse,
una línea que se extiende marca la pared de la habitación
y eso es el horizonte, desde ahí nacen calles
y tapias que se dibujan por ese mismo pulso.
La soledad sigue siendo el deporte nacional en estos cuartos,
destreza del miedo financiado en cuotas,
circo de monos solos que se buscan
unos a otros
para escrutarse los piojos.
Un resabio primitivo casi solidario,
de lenguas que liban heridas
áridos venenos dulces.
Con la punta azul la línea que se extiende,
levantar el trazo del papel
y
mirar con fingido entusiasmo el techo en el cielo de la hoja
y
con estilo bien estudiado
y
consciente del hambre de las cámaras
arrojar al aire la lapicera...

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