miércoles, 6 de julio de 2011

Su epitafio, la sangrienta luna


El régimen de Bashar al Assad desató una sangrienta caza de opositores. 
La ONU calcula en más de 1.500 muertos y 10 mil los desplazados fuera 
de las fronteras sirias. 
La lucha entre sunnitas y chiitas.


Los mismos métodos que usa el presidente Bashar al Assad para disciplinar a una ciudadanía a la que considera políticamente inmadura son aquellos que lo volvieron, a los ojos del mundo, aun a los de sus enemigos en Occidente y en Israel, un gobernante en cuya estabilidad se podía confiar. 

Ahora no duda en combatir con las fuerzas armadas nacionales a su nación,
 o a los elementos que se manifiestan en contra de su régimen. 

Durante 41 años de poder, o al menos desde la Guerra de los Seis Días de 1967, 
que enfrentó al mundo árabe con Israel, pero seguramente desde un lustro antes, cuando el partido laico y militarista Baaz llegó al poder, la dinastía Assad en Siria lucía como el más seguro, el más largo, el más policial, y el más inexpugnable régimen del Cercano Oriente.

 Habían logrado, pensaban propios y ajenos, el perfecto autocontrol de los súbditos, más por el miedo al terror que por el ejercicio de este. 

La de Siria parecía una estabilidad atemporal, lograda por cárceles, torturas y desapariciones de las que poco se sabía o quería saber, pero a las que se suponía, también, cada vez menos necesarias en un país donde toda ilusión de democracia había desaparecido. 

Ahora el terror con el que se amenazaba se ha hecho efectivo.
 Bashar al Assad sigue usando la fuerza contra su propio pueblo según aseguran los opositores.

 La ONU calcula en un millar y medio los muertos y en más de diez mil a los desplazados en el conflicto.

Obtener información sobre el conflicto resulta extremadamente complejo porque no hay informaciones independientes. La televisión estatal mostró el testimonio de supuestos terroristas detenidos que confesaron ante las cámaras haber asesinado a policías y soldados. En Siria, muchas confesiones provienen de torturas. 

Para la oposición, la verdadera causa de lo ocurrido es una sublevación dentro de las propias tropas gubernamentales. Activistas de Yisr al Shogur aseguraron que hace diez días hubo allí un enfrentamiento entre miembros de las fuerzas de seguridad que se oponían a la represión y sus compañeros.

El operativo militar en el norte sirio ha provocado la huida de miles de personas
 a la vecina Turquía. Según fuentes turcas, hasta el martes habían llegado casi 
diez mil refugiados sirios a los campamentos levantados por la Media Luna Roja.

Los turcos, sin embargo, han rechazado hasta el momento toda ayuda extranjera. No les faltan motivos políticos. Miles de personas permanecen del lado sirio de la frontera ya que temen que, tras pasar a Turquía, el régimen de Damasco los considere “enemigos de Estado” y sean asesinados si regresan a su patria. 

A ello se añade que Turquía les califica de “invitados” y no de refugiados, lo que correspondería según la convención de la ONU. Ankara quiere impedir de esta forma que la presencia de estos disidentes sirios en su territorio se convierta en permanente, a pesar de que el presidente Reycip Erdogan ha reclamado a Assad 
el fin de la represión a los manifestantes.

“Será un verano sangriento, pues el régimen sigue siendo muy fuerte, pero las protestas no cederán”, analiza la disidencia siria en el exilio. “Cuando empiece el ramadán a comienzos de agosto y la gente se reúna todos los días en las mezquitas, correrá la sangre.” 
Analistas más independientes creen que son muy pocas las opciones de una solución pacífica para el conflicto entre el Estado, en el que están representados proporcionalmente la minoría alauita (rama chiita, por lo que cuentan con el apoyo de Irán), y los opositores al régimen de mayoría sunnita. 

Entre tanto, algunos miembros del movimiento de las protestas se hicieron con armas para vengarse de los familiares muertos o torturados por las fuerzas de seguridad.

El recuerdo de lo ocurrido en Hama no se ha borrado. 
En 1982, su padre Hafez cercó a la ciudad, y mató a 20 mil sunnitas rebeldes, simpatizantes de los Hermanos Musulmanes, que siguen prohibidos en Siria. 

Es que no todo es rebelión democrática en la protesta contra el gobierno.

Siria es un país de mayoría sunnita, pero gobernado por una minoría alawita, que es una rama del Islam chiita. 

Assad colocó a alawitas, que son sólo el 8 por ciento de la población (los cristianos forman el 10 por ciento de los sirios, y los judíos el 1 por ciento) en todas las posiciones de poder. 

El tema tabú de la violencia interislámica cobra más vigencia, a la vez que aleja a un Occidente que preferiría ver en Siria una lucha más nítida entre autocracia y democracia.

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