Dicen los budistas que no existen cinco sentidos sino seis.
A los cinco sentidos o canales de información habituales (vista, oído, tacto, olfato y gusto) ellos añaden un sexto sentido: el pensamiento.
Para los budistas pensar es pues una forma de sentir.
Lo que es curioso es que en occidente esta idea no haya calado entre nuestros pensadores y filósofos, porque la verdad del asunto es que el pensamiento evolucionó simultáneamente con el lenguaje, o dicho de otra manera:
el pensamiento es el lenguaje interiorizado, palabras que pueden emitirse
o no pero que en cualquier caso no son otra cosa sino palabras.
Y las palabras se sienten o dicho de otra manera: se oyen, como la música
O se piensan o se dicen o se escriben.
Son en cualquier caso movimiento.
Y es también curioso que la palabra “sentido” tenga esas dos acepciones:
una la de oír o sentir algo a través de un canal perceptivo
y otra la del significado de algo.
Las palabras son sólo un sonido, pero no es cualquier sonido sino un sonido
con significancia.
A las palabras les llaman los lingüistas “significantes” porque inducen significados en los oyentes a pesar de no ser nada más que sonido.
La gracia es que nuestro cerebro decodifica un sonido y transforma ese símbolo, escrito u oído y lo convierte en un significado, en algo que tiene sentido para el que comparte ese mismo idioma.
Y nos permite comunicarnos con otros.
Y ese sentido o significado que tienen las palabras es el sexto sentido del que hablan los budistas, algo que curiosamente llamamos sentido como
si lo sintiéramos más allá de haberlo oído o leído.
Sentir y oir son pues dos cosas distintas, algo de lo que ya hable en este post.
Mientras escuchamos música sucede algo parecido, la música es un significante, cada frase musical lo es. Sin embargo cada fraseo no tiene los mismos significados para todas las personas, podríamos decir que cada frase musical tienen infinitos significados, tantos como oyentes.
Sucede con la música porque es la Gran Abstracta, está más allá del lenguaje que compartimos todos los que hablamos un mismo idioma.
La magia que acaece en la música es que no significa nada en sí misma ni es un consenso como sucede con el lenguaje común sino que va un poco más allá de eso: evoca en cada uno de nosotros un sentido, porque la música no sólo se escucha sino que se siente.
Y sentir es algo que se hace con el cuerpo, poniendo el cuerpo por delante,
una tarea a la que no estamos muy acostumbrados nosotros los occidentales que arrastramos una larga tradición anticorporal.
¿Sabemos escuchar, sentir nuestro cuerpo?
Lo cierto es que nosotros los occidentales somos muy platónicos y habitamos en el mundo de las Ideas.
Si exploramos los contenidos de nuestra mente caeremos en la cuenta de que más del 90% de esos contenidos son pensamientos, recuerdos o elaboraciones alrededor de las ideas, a veces ruido otras veces musiquillas parásitas.
Las ideas pululan y parlotean continuamente en nuestra mente sometiéndola a un continuo bombardeo simbólico del que pocos de nosotros somos conscientes, tampoco caemos en la cuenta del gasto energético que supone mantener esa actividad incesante.
De ahí se deduce que los beneficios de la meditación no están relacionados con algo místico o esotérico sino en la posibilidad de despejar nuestra mente de contenidos eidéticos.
Concentrarse en nuestros pies cuando caminamos y hacerlo siguiendo el conocido mantra SA-TA-NA-MA en cuatro tiempos es beneficioso , no sólo porque caminar es la actividad física mas beneficiosa que existe sino también porque permite que nuestra mente descanse mientras focaliza su atención en esos cuatro tiempos que marcan nuestros pies.
Los conocidos mantras de cierto tipo de música también tienen esta potencial característica de desenchufarnos de las ideas.
Sucede porque un mantra es una repetición continua de una frase musical hasta el paroxismo, el cerebro se habitúa a esta monótona repetición y deja de conspirar tratando de encontrar sentido a lo que está oyendo.
El sentido del mantra es su sinsentido enroscado en la repetición, en cuanto el cerebro se da cuenta de que no hay nada nuevo deja de oírlo se dedica solo a sentirlo con un órgano distinto al oído.
Si repites una palabra un número suficiente de veces caerás en la cuenta de que la palabra en sí pierde su significado, se ha descascarillado y se convierte en una vaina vacía.
A eso, a veces, le llamamos un mantra, algo que se repite y que no es sino una cáscara hueca.
Y de ahi su beneficio, pues ya no estamos oyendo
sino sintiendo la palabra sin forma.
Si pudiéramos desenchufar nuestra mente de ese continuo barullo en el que vive inserta obtendríamos múltiples y saludables beneficios físicos y psíquicos. Aunque lo cierto es que la mente no puede desenchufarse como un electrodoméstico salvo en cierta etapas del sueño no REM.
Nuestra mente está en “on” todo el tiempo y sólo puede ponerse en “off” de dos maneras: perdiendo el conocimiento (anestesia, sueño) o meditando.
Meditar es una palabra que sin embargo induce otra serie de ideas que se encuentran adheridas a ella, nos remite a algo activo, a una técnica, a algo que aprender y que podemos llegar a dominar, a hacer bien o mal, como si meditar fuera una especie de actividad que precisara entrenamiento.
Esta idea sigue siendo una idea y por tanto se encuentra muy lejana de la conceptualización budista de la propia meditación que aborrece de los conceptos: confieso que esta palabra no me gusta nada porque induce al error o al prejuicio.
Meditar es retirar la atención de los contenidos usuales de nuestra mente que no son otra cosa sino ese sexto sentido que llamamos pensamiento y que no debemos olvidar que sólo son cenestesias, es decir acciones interiorizadas, acciones que no se llevaron a cabo, apenas planeadas, activas en borrador pero nunca editadas, es por eso que el pensamiento es lo contrario de la acción: la reflexión es lo opuesto a la conducta aun procediendo ambos del movimiento.
Y por eso nuestros padres nos enseñaron a pensar algo antes de hacerlo.
Y es por eso que cuando no queremos afrontar las consecuencias de nuestros actos decimos “lo hice sin pensar”.
Y es cierto que a veces hacemos algo irreflexiva o impulsivamente,
sin pensar, lo que no nos quita la responsabilidad de sus consecuencias.
Si esto sucede es porque nuestra mente esta demasiado ocupada en su continuo debate interior y no escucha nuestras necesidades, las corporales
es por eso que a veces se nos escapan de nuestro control como
el que no puede retener su orina.
Hay una incontinencia de las acciones como hay una incontinencia
de esfínteres.
El cuerpo ha andado divorciado de la mente durante muchos siglos
en consecuencia con una cultura que ha renegado de él por contemplarlo como una opción de pecado o transgresión, la consecuencia más importante que ha tenido este hecho en nuestra conceptualizacion del mundo ha sido el consiguiente divorcio entre la ciencia y la experiencia: ambas son irreductibles en la manera de pensar occidental y no deben mezclarse, antes al contrario cualquier experiencia personal es contada como un obstáculo a la hora de enunciar un axioma científico.
Este hecho fue denunciado por algunos pensadores que se encontraban desubicados en el tiempo, Schopenhauer -fuertemente influido por las tradiciones orientales fue uno de ellos- el siguiente fue Heidegger y más concretamente su discípulo Merleau-Ponty con su ya conocida frase:
“Los científicos construyen un mundo y luego se niegan a habitarlo”.
Efectivamente el mundo de la ciencia, el mundo de la tecnología nos ha proporcionado muchas comodidades y seguridades pero nos ha abocado a una existencia sin sentido con una continúa búsqueda del “más difícil todavía”.
Porque el sentido no se encuentra en los datos, en las ideas o las estadísticas sino en la verdad subjetiva e individual, la verdad es sobre todo una verdad corpórea, vivida, experimentada, de ahí su poder de convicción personal.
Y es por eso que todas las medicinas alternativas ponen su énfasis en el cuerpo, en el masaje, en la vibración, en la psicomúsica, en el baile, en la meditación o el yoga: ponen el cuerpo en primer plano.
Sienta usted su cuerpo y encontrará repentinamente una cierta paz, su mente aparecerá como un escenario vacío pues la mente no es sino eso, un teatro donde usualmente se dan cita todos los actores que intervienen en eso que llamamos vida y que suele ser para casi todos un campo de depredación.
No debe usted pensar que sólo con la meditación podrá alejar de sí todos los fantasmas que le abruman: hay que dimensionar la palabra “meditación” en su verdadera naturaleza. Equivale a coser, a hilar, a trabajar en el campo, cualquier cosa que consiga que usted deje de pensar o logre detener la vorágine de pensamientos, eso es meditación. No hay que saber nada, ni conseguir nada, ni hacerlo bien o ir a aprender la técnica en un curso de fin de semana, es gratis y lo tiene usted al alcance de su mano.
Sienta su cuerpo, sólo eso. Hoy los pies, mañana las manos, después la espalda, atienda su cuerpo y forme y deshaga día a día un concepto corporal nuevo, hágalo sin doctrina, sin disciplina y sin objetivos, eso es meditar, le llamaremos así a falta de otro nombre.
Aunque yo prefiero llamarlo sentir.
Algo lleno de significados, sin significar en si mismo nada.
Sentir esa experiencia de vacío es absolutamente necesario si usted pretende saber algo de la mente, de la suya, que es muy parecida a la de todos.
Lo más importante es que nuestro cuerpo nos habla pero no puede competir con el ruido de la mente en desorden: precisa un cierto espacio escénico, un cierto vacío: es entonces cuando nos canta acabalgado en palabras descascarilladas.
La vida transcurre confundida entre ruido y señal.
Y algo tiene que permanecer quieto para que algo cambie y se mueva.
Neurobudismo