Amar con el aliento estremecido
hasta quedar exánimes de besos,
sujetos a la boca autoritaria
y al voraz estallido,
con un pulso de sangre sostenido
al borde de los huesos,
enfrentando la muerte temporaria
del último latido,
agónicos los dos, pero tan vivos
y tan adolescentes,
desde el hambre, piadosos y abusivos,
y vándalos y altivos y oponentes,
librados al antojo de los dientes,
como lobos cautivos.
Del libro De diluvios y andenes.
