sábado, 13 de octubre de 2012

La siesta...


El miedo cede a la letargia. 
Cada segundo es un ladrillo, cada minuto un muro que encierra las almas. Tiempo imparcial e interminable como el hambre que nos agobia y nos aplasta. La siesta es, ahora, mi única aliada. 
Afuera, el sol seca deprisa las manchas de sangre, la tierra arde, la piel se quema y un vaho de muerte circunda la casa. 
Adentro, la calma duele.
Las puertas de la noche están cerradas.
 Los zombis esperan impacientes, aguardan en la sombra. 
Mi hijo me ha traído la escopeta, sólo quedan dos balas.