
Parecía como si el universo se hubiera empeñado en vomitar dioses y a las multitudes adorarlos, ignorando las advertencias. Los credos colisionaban con furia afirmando las cosas más absurdas sin que las rigurosas razones de los beligerantes científicos y pensadores combativos pudieran impedirlo. Una batalla que consumía los mundos y parecía no querer detenerse hasta que solo quedaran las ruinas en pie.
También estaban los otros, los de rostros de piedra, tallados en silencio, los neutrales que habitaban en la periferia de los mundos. A ellos acudieron un nutrido grupo de creyentes y no creyentes, viajando juntos y manteniendo un precario equilibrio para interrogarlos.
—Nosotros no nos involucramos en sus reyertas—dijo el neutral hablando en nombre de los otros que permanecían impasibles—. Habitamos los límites porque no nos hacemos preguntas tales como los creyentes o los ateos. Sabemos que cuando la ciencia demuestra que no hay un más allá hunde al común de los hombres en la nada y alimenta las creencias, aunque crea que con sus refutaciones las aplasta. El ego humano no se conforma con el simple sentido de discurrir y desaparecer. Al contrario, se aferran con mayor vigor a creencias que les prometen un destino más allá. Pero los credos cristalizan el temor y oculta la realidad, creando códigos que surten efecto brevemente y luego los agobian con exigencias imposibles. No somos ateos ni creyentes porque la oposición da vida al oponente, provocando la eterna lucha, más profunda que el bien o el mal. ¿Tiene sentido afirmar la existencia de una divinidad o negarla, para sostener una guerra sin final?
—Pero entre ustedes hay tanto clérigos fideistas como racionalistas incrédulos hasta la medula.
—Es cierto pero jamás caemos en la trampa de litigar por esos temas. El temor origina los credos, y también el temor crea a los que los niegan. No cubrimos el miedo con ropajes ficticios de ningún bando. Ambos encadenan al mundo a un ciclo que se repite sin sentido. Usan las razones o los mandamientos como pretexto para anularse. Si desaparece uno perderá sentido el otro. Nadie puede ganar esa batalla.
—¿Qué nos aconsejas entonces?
—Vuelvan a sus mundos, con su guerra y déjennos en paz.