El transcurso del año era una condición obligatoria,
un trámite impuesto para llegar a la semana de las comparsas.
La comparsa era su medio natural.
Su verdadero medio.
Allí Eustaquio se amalgamaba con los muchachos en pie de igualdad,
y era imposible que los dedos burlones del pueblo lo señalaran. Confeccionaba una máscara distinta cada año, las elaboraba celosamente en un altillo al que se accedía por la puerta falsa de la pared de su comedor.
Eustaquio esculpía en secreto el rostro bestial de un hombre-lobo, la avidez desenfrenada de un fauno o la sonrisa tétrica de una calavera, seguro de que nadie podría adivinar la naturaleza rústica y huidiza de su solitario creador.
Le procuraban una celebridad gratificante: todas las primaveras se esperaba con expectación al supuesto forastero que surgía de la nada con un disfraz asombroso.
Satisfecho de lo que le deparaba el futuro, tenía la certeza de que la curiosidad acabaría haciéndose insoportable al único par de ojos que había amado en su vida; y soñaba con el momento en que ella se aproximaría, fascinada, para sucumbir a su talento.
Nunca previó qué haría después con su verdadera identidad.