
De día permanecía en calma:
tan sólo una ola entre millones, silenciosa, ignorada.
De noche emergía apasionada,
formando dragones, águias o montañas,
en una frenética danza de la vida;
llamaba a mi ventana con dedos espumosos,
invitándome a participar en el ritual, noche tras noche,
a lo largo de los años y de las vidas.
Nuestra cita secreta, nuestra danza salvaje,
nuestra locura.
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