
Duermo y mientras duermo mi alma en vigilia se levanta. Lentamente, en silencio, haciendo caso omiso de la fuerza de mi cuerpo, ella siente la llamada de la luz de las estrellas.
No está segura de volar, no sabe existir sin su envoltorio, pero una fuerza inmensa la reclama y ella lucha por salir…y por quedarse.
Se eleva un poco, se queda quieta, da una vuelta sobre mi cuerpo dormido. Sube, baja, gira y vuelve atrás. Contempla la paz de los ojos cerrados, siente el murmullo imperceptible de la respiración en calma.
Se eleva poco a poco, sin prisa, contemplando hacia arriba el azul que no acaba y hacia abajo el cuerpo en reposo que va desdibujándose a medida que el alma asciende.
Deja atrás el cuerpo abandonado al sueño y mientras sube hacia las estrellas ve los campos arados con sus surcos perfectos listos para recibir las semillas que mañana darán frutos. Descubre a los niños jugando a la pelota mientras sus madres conversan sobre la vida sin quitar el ojo a sus retoños.
Escucha la melodía que se escapa por la ventana de una casa y las voces apagadas de un par de amantes en su primera discusión de amor.
A lo lejos percibe a dos viejitos sentados en un banco y aunque no puede oír lo que se dicen, es capaz de leerlo en sus miradas y en sus manos secas y arrugadas que se buscan.
Siente como el sol va perdiendo energía ante la noche y como el calor va dando paso a otra frescura. Escucha voces, gritos, risas, llantos, contempla la vida y también la muerte. Percibe el odio, el amor y la ternura, se deslumbra ante la nueva vida que nace y ante la ya vivida que se apaga. Descubre los brotes nuevos de las plantas y admira la tenacidad del mirlo que construye un nido a sus polluelos.
Allí arriba están las estrellas, cada vez mas cerca, casi al alcance de la mano. Sigue subiendo, ansia verlas, estar con ellas, oler su perfume y embriagarse con sus destellos.
Allí abajo se desdibujan los contornos de los ríos, ya no se ven las flores de los campos, no sabe si es nieve lo que hay en la cima de aquella montaña y por más que lo intente, ya no puede escuchar la voz humana.
Está llegando. Están allí, son hermosas. Una luz deslumbrante que lo envuelve todo, un fulgor maravilloso que la invita a sumergirse en ellas.
Es entonces cuando se da cuenta. No quiere luz, no quiere brillos.
Quiere vivir, soñar, reír, llorar, morir…y para eso necesita su viejo cuerpo.
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