domingo, 12 de octubre de 2008

Hablar ... callar.



Hablar cuando sea preciso hablar, y saber lo que se quiere decir.
 Y, cuando hablar toca, hablar con alguien. 
No hablar-a-alguien, 
porque el otro no es un receptáculo sobre el que verter nuestras palabras.
Con. Siempre con. Y dejar de hablar, para dejar hablar. 
O sea: escuchar;
 escuchar como un acto de reconocimiento hacia quien nos atiende, y de amor, sí, no obstante, por qué no, incluso.
Después de todo,
 tener alguien con quien hablar es un más que precioso regalo. 
Poder hablar, pero también poder compartir los silencios.
 Porque comunicarse vincula y nos hace personas plenas. 
Sí: hablar, y hacerlo ahora contigo, 
tecleando lo que mis labios casi imperceptiblemente insinúan... 

Algo que me procura un enorme placer, 
una entrañada alegría.
 Saberte ahí y hablar; quién pudiera también escucharte...
Dicho lo cual, sonrío, que ya demasiado hablé, 
que mejor me callo.

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