
Aquel hombre enhebraba
los hilos de la música en un árbol de búhos
que buscaban un tiempo de belleza sublime.
Sentía los misterios del espacio absoluto,
para soñar visiones de magia y sortilegio.
Albergaba en sus ojos la fuerza del enigma,
espíritus alados y dríades del bosque.
Entendía delirios amarrados a estrellas,
con polvo de asteroides y partículas cósmicas.
La vida prometía el éxtasis del agua,
ensueños de palabras,
coral en arrecifes.
Ana Muela Sopeña
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