lunes, 9 de marzo de 2009

Aquella carta.


Niza, 14 de julio de 1912.

Querido papá.

La playa no se parece en nada a Lyon. El primer día que vi el mar me asusté; es mucho más grande de lo que esperaba, y, aunque estaba tranquilo, sentí miedo pensando que en cualquier momento una ola podría tragarse a los niños que se bañaban en él y a la pareja de mayores que paseaban por la orilla. Pero me he dado cuenta de que el mar es bueno y trata con dulzura a quienes nos acercamos a él.

Estoy recogiendo caracolas para ti. Me gusta buscarlas, mirarlas y meterlas en la cajita que me regalaste antes de subir al tren. Son preciosas. Tengo ya muchas y te las daré cuando vengas a vernos. Cuando le pregunto a mamá si todavía falta mucho tiempo para eso sonríe acariciándome la mejilla y diciéndome que los baños de sol me sientan muy bien. Su sonrisa es triste, y sé que está pensando en ti; te echa de menos.

Ella sí que está linda, papá… Si la vieras ahora, mientras te escribo, sentada bajo el toldo, con la brisa agitando suavemente los cabellos desprendidos de su peinado, y su respiración tranquila y sosegada, te parecería la mujer más bonita del mundo.
 De cuando en cuando levanta la mirada del libro que lee y me mira, y sé que está pensando en ti; te echa de menos.

He recorrido ya el hotel de arriba abajo. Me gusta observar cómo al caer la tarde todas sus luces comienzan a encenderse. Durante la cena, se sientan a la mesa con nosotras Madame Poyleau, una señora ya anciana de Grenoble que pasa aquí todo el verano, y Armand, su sobrino, un joven parisino de unos treinta años y de aspecto muy risueño. Llegó hace dos semanas para acompañar a su tía durante unos días, pero ha decidido alargar su estancia aquí. Armand es muy amable con nosotras, me hace reír y a mamá parece agradarle mucho. La otra noche se ruborizó cuando él, al retirarnos a nuestra habitación, le besó la mano y le dio las buenas noches llamándola “mi pequeña niña”.

Le he preguntado a mamá si en otoño, cuando ya estemos de regreso en Lyon, en nuestra casa, Armand podrá venir a visitarnos. Estoy segura de que te gustaría conocerlo, y a nosotras nos encantaría poder pasar de nuevo unos días con él. Mamá me ha sonreído, acariciándome la mejilla, y diciéndome que los baños de sol me sientan muy bien. Su sonrisa era triste y sé que estaba pensando en ti; te echa de menos.

¿Vendrás pronto, papá? Estoy deseando que lo hagas ya, y sé que mamá también.

Un beso, papá.

Jeanne.

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