
UN RÍO QUE NOS SALVA
A veces la tristeza es nuestra cómplice, en las noches calladas por el frío y no sabemos nada de los fuegos que conforman el mundo y su fortuna. A veces una lágrima se posa sobre los manantiales de la duda y pretende enhebrar el universo en instantes perdidos en la niebla. A veces no sabemos si las horas serán un trampolín hacia el futuro o nos mataron ya y somos ceniza. Pero todo se torna un espejismo cuando llega el reloj y nos rescata en barcos que disuelven cualquier hielo y nos salva el momento de la magia. De pronto los naufragios son historia, creemos otra vez que somos alguien y nuestra biografía se hace nítida.
Un mundo de belleza en los cristales
nos desliza hacia esferas de la luz
y las sombras se vuelven casi etéreas.
A veces no sabemos si el exilio nos ha arrojado lejos del edén, si somos un abismo sin pupilas, si podremos seguir entre las dunas. Una mano que nutre nuestro intento o unos ojos amados en lo oscuro nos liberan de espacios asfixiantes y pueden devolvernos paraísos.
Los círculos que engarzan la obsidiana
me asustan en lo oculto de mi piel,
me deslizan por campos de tinieblas
donde no existe sal que cure el hueco.
A veces sólo hay muchas oquedades que buscan un oasis con urgencia y el desierto parece interminable, como si fuera cárcel de la luna.
Pero siempre hay un río que nos salva,
el río del espíritu interior
que busca retornar al sueño de agua
y a un mundo compartido con el “otro”.
Un mundo de belleza en los cristales
nos desliza hacia esferas de la luz
y las sombras se vuelven casi etéreas.
A veces no sabemos si el exilio nos ha arrojado lejos del edén, si somos un abismo sin pupilas, si podremos seguir entre las dunas. Una mano que nutre nuestro intento o unos ojos amados en lo oscuro nos liberan de espacios asfixiantes y pueden devolvernos paraísos.
Los círculos que engarzan la obsidiana
me asustan en lo oculto de mi piel,
me deslizan por campos de tinieblas
donde no existe sal que cure el hueco.
A veces sólo hay muchas oquedades que buscan un oasis con urgencia y el desierto parece interminable, como si fuera cárcel de la luna.
Pero siempre hay un río que nos salva,
el río del espíritu interior
que busca retornar al sueño de agua
y a un mundo compartido con el “otro”.
Ana Muela Sopeña
www.laberintodelluvia.com
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