martes, 2 de junio de 2009

Islam & Cristianismo.

Islam y “rearme” Cristiano: 

una perspectiva crítica


Tras 80 años de contiendas ideológicas y las ilusiones de la década de los 90 (Nuevo Orden Mundial, Consenso de Washington, “Fin de la Historia”), el 11 de septiembre de 2001 se abrió un siglo en que la religión parece reclamar su papel en el escenario geopolítico. 

Este retorno de lo religioso provoca, además, dilemas de fronteras de cada Estado hacia dentro. 

¿Es legítimo o viable proponer un “rearme” cristiano como freno a la expansión islámica por el terrorismo (Al Qaeda) o la guerra de “los vientres” de que habló Bumedian?

Entre los proponentes de este “rearme”, pocos quizás tan conspicuos como el blogger de Asia Times Online “Spengler” [1].

 Sintetizando su postura, la descristianización de Europa desde las guerras mundiales lleva inevitablemente a la desmoralización y, con ello, al declive demográfico y el derrotismo cultural y político. EEUU, donde el peso de la religión en lo público es notable, queda parcialmente al margen del proceso. 

Pero, para “salvar” Europa de la islamización, sería preciso recristianizar el continente; o, más precisamente, cristianizar a las crecientes minorías musulmanas, convertirlas a la religión más afín a la historia y la cultura de las naciones occidentales. 

Históricamente, dar-al-Islam ha sido un territorio nada propicio para la labor misionera cristiana por varias razones muy poderosas: porque la expansión islámica original coincidió con uno de los momentos más bajos de la civilización en Europa, dejando a los cristianos a la defensiva durante siglos; porque el cristianismo no tenía en el islam un rival “asequible” y susceptible de sincretismo, como los animismos y politeísmos de América, África y Oceanía, sino un monoteísmo radical, estrechamente emparentado y tan seductor como él mismo, si no más; porque los europeos no establecieron un dominio efectivo del mundo islámico hasta que su propia cultura había empezado el proceso de secularización; y, finalmente, por las restricciones islámicas a la predicación y el culto de otras religiones, así como por su draconiano tratamiento de la apostasía. 

La presencia en suelo europeo de importantes minorías musulmanas permitiría superar las dos últimas dificultades, tan estrechamente relacionadas, a condición de que los europeos no sólo reviertan la secularización del continente, sino el espíritu de los nacionalismos que los divide, en favor de un universalismo cristiano inspirado en Roma -la terrenal y la espiritual.

La idea tiene un atractivo elemental, como todas las simetrías.

 Si la religión es -o parece ser- el problema, ¿por qué no convertirla en solución? 

Pertenece también a esa estirpe de interpretaciones idealistas que facilitan el trazado de grandes esquematismos históricos, tan caras a la tradición alemana: el Spengler original, el Weber de La ética protestante y el espíritu del capitalismo… 

En el panorama de absolutos morales en que se ha querido convertir el debate político, el relato no dejaría de tener sentido: un presidente que llega al poder tras un atentado islamista, se zambulle en retóricas agresivamente laicistas y propone vagos experimentos multiculturales (Alianza de Civilizaciones) a Estados de credenciales democráticas más que sospechosas, representa la claudicación ante el islam; la Iglesia, por contra, encarna el espíritu de resistencia tanto frente al “jacobinismo” que pretende hacer tabula rasa de la sociedad  (Educación para la Ciudadanía, matrimonio homosexual, etc) como a la amenaza islámica de ocupar el cascarón vacío.

No se espera a Santiago

La primera objeción, a la idea de “rearme cristiano”, la más evidente, es que el cristianismo europeo ni siquiera parece en condiciones de salvarse a sí mismo. 

 Más de la mitad de quienes se declaran creyentes católicos o de otra religión (no creyentes y ateos suman un 19,7%) afirman no asistir “casi nunca” a misa o a los oficios religiosos correspondientes, y sólo un 15,3% varias veces por semana o casi todos los domingos y festivos [2]. 

El número de matrimonios católicos muestra una tendencia descendente al me-nos en los últimos quince años, como también el de bautismos [3]. 

Los datos de países europeos con problemas inmigratorios más acusados, como el Reino Unido, hablan de declives más significativos aún que el español tanto en religiosidad como en asistencia a las iglesias [4].

El estudio británico señala otro problema: aunque el fenómeno de la secularización fuera reversible, no lo sería, de no tomarse otras medidas de carácter exclusivamente político, antes de que las poblaciones islámicas alcanzasen la “masa crítica” [5], en el término de una o dos generaciones. 

Esto en cuanto a la cuestión demográfica y la “moralización” de las sociedades europeas. 

Desde la perspectiva de una hipotética cristianización de los musulmanes, debería tratarse de una verdadera conversión en s

in paralelo en la historia reciente, especialmente de no mediar algún género de coacción política. 

Si tomamos el ejemplo del avance de las denominaciones protestantes en América Latina -es decir, de un trasvase entre iglesias cristianas que no castigan la “apostasía”, y contando con una labor misionera evangélica mucho más activa y descentralizada que la católica-, incluso en casos extremos como Guatemala fueron necesarios 30 años (1960-1990) para pasar de un 2,81 a alrededor de un 26% de la población total [6]. 

No parece que el bautismo de un cuarto de la población islámica -empleando esta proyección, a todas luces fantasiosa, para el caso que nos ocupa- hiciera otra cosa que acentuar las tensiones en el seno de las propias comunidades musulmanas y, probablemente, con la población europea secularizada.

 Incluso tan improbable escenario de conversión masiva nos dejaría en la necesidad, en el corto y medio plazo, de centrarnos en medidas políticas.

Pero es que, para empezar, son los propios clérigos europeos quienes, a lo que se ve, no albergan la menor intención de presentar batalla.

 Es inevitable mencionar las recientes declaraciones del Arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, que afirmó que la integración de aspectos de la shari’a en el sistema legal británico es “inevitable”, e incluso deseable para favorecer la cohesión de las comunidades [7]. 

Mientras, en Nigeria, la segunda congregación anglicana del mundo, puede que la primera en practicantes reales, los anglicanos y demás iglesias cristianas sufren el acoso musulmán y las violencias que rodean la expansión de la shari’a.

 Es difícil que una fe que ha perdido hasta tal punto el respeto por sí misma pueda moralizar nada [8]. 

Pero no hay que sorprenderse: en el plano de la doctrina, el mensaje católico postconciliar y el anglicano se confunde a menudo con los postulados de un vago izquierdismo postmoderno y multicultural, altermundista, que en el caso católico sólo recula ante las innovaciones en moral sexual.

 En cuanto a programas políticos, la Iglesia católica ha adoptado una actitud global de cuius regio eius religio; lejos de promover una estrategia agresiva o de tensión con el islam, está ofreciendo instrumentos de mediación y arbitraje [9] que, independientemente de su significación real, lanzan un mensaje de debilidad a aquellos a quienes pretende tender la mano. 

Tampoco es extraña una actitud conservadora cuando se constata su declive no sólo en Europa sino en bastiones como América Latina y se recuerda que, de Constantino en adelante, la Iglesia no ha ido muy lejos si no era del brazo secular. Con todo, el cristianismo puede estar ganando la partida del proselitismo en África e incluso en Asia [10], fundamentalmente a través de la labor de las denominaciones evangélicas de origen americano, como el pentecostalismo; y ello a pesar de la omnipresente violencia musulmana. 

Pero la relevancia de este proceso para el dilema europeo parece mínima, al menos en el corto y medio plazos.


¿Es el islam el problema?

Decíamos al comienzo que la religión reclama su espacio en la política y los asuntos internacionales.

 Pero, ¿y si la religión fuese la manifestación, más que la verdadera causa, del atraso y el carácter problemático de las poblaciones musulmanas?

 Desde el 11 de septiembre de 2001, la opinión occidental, y muy particularmente la europea, ha sufrido un bombardeo de discursos exculpatorios del islam, tanto por parte de los propios portavoces islámicos como delestablishment cultural izquierdista. 

La culpa del terrorismo no es, se nos dice, del islam, sino de una plétora de causas estructurales generalmente centradas en torno al “imperialismo” y la “globalización”; o, en todo caso, de mentalidades psicopáticas aisladas, que no se pueden confundir con la corriente mayoritaria del islam [11]. ¿Y si estas retóricas contuvieran un grano de verdad?

Un libro reciente del antropólogo Philip Carl Salzman [12] llama la atención sobre una característica de las sociedades árabo-islámicas que acaso sea más definitoria que el islam: el tribalismo. Según Salzman,

El Medio Oriente árabe ha permanecido en buena medida como una sociedad pre-moderna, gobernada por las relaciones de clan y la coerción violenta.

La gente, tanto en el campo como en las ciudades, tiende a confiar sólo en sus parientes, y en función de su grado de proximidad. (…)

 Un culto dominante del honor requiere que la gente apoye a su propio grupo, violentamente si es preciso, cuando surge el conflicto.

Lo que falta en en el Medio Oriente Árabe son las herramientas culturales para construir un Estado incluyente. 

El pegamento cultural de Occidente y otras sociedades modernas exitosas -cuyos ingredientes, el imperio de la ley y el constitucionalismo, sirven para regular competición entre grupos no emparentados- está ausente en el mundo árabe. 

El marco de referencia en una sociedad tribalizada siempre es “mi grupo contra el otro grupo”. 

Este sistema de “oposición equilibrada” es la alternativa estructural que se alza en tenaz oposición al constitucionalismo occidental.

El islam, que podría haber proporcionado una constitución que englobase en reglas universales a todos los miembros de la sociedad, ha fracasado asimismo como principio político organizador; pues refleja también la sociología subyacente de la región, construida por los antecesores beduinos de los árabes sobre una base de oposición equilibrada. 

He ahí por qué ha alimentado, en lugar de suprimir, las diversas disputas sangrientas de Oriente Medio, como entre suníes y chíies y entre musulmanes e infieles. [13]

Desde esta perspectiva, la controversia sobre la culpabilidad del islam en el terrorismo global y el expansionismo islamista, el aburrido cruce de citas coránicas y agravios históricos, pierde relevancia en favor de un análisis más profundo que se pregunte, sí, por las root causes, pero no en el sentido apologético de los discursos anti-occidentales. 

Combatir el islam sería combatir una manifestación, o una parte de un complejo cultural más amplio [14], antes que atacar el problema en toda su dimensión. Pues el mismo islam no sería sino la cristalización del tribalismo, el impulso universalista de una sociedad pre-estatal; y Mahoma, un reformador avanzado que, sin embargo, no pudo -ni pudo concebir- ir más allá de los límites que la estructura social de su pueblo le imponía.

El islam es una religión esencialmente política, con un desarrollo teológico pobre, abortado precisamente por su carácter de monoteísmo radical (tawhid). 

Desde el punto de vista ontológico, el ocasionalismo que atribuye cada acontecimiento individual a un acto de voluntad divina [15] parece poco más que una sublimación del animismo, y ha coartado sin duda el desarrollo del pensamiento científico en el mundo islámico [16]. 

Los Estados musulmanes han tendido históricamente a la debilidad por la distorsión que la faceta política de la religión provocaba sobre las instituciones seculares [17]: falta de autonomía, insuficiencia fiscal, etc. Ausente una estructura secular fuerte que subsumiese las lealtades tradicionales, el tribalismo ha permanecido relativamente intocado bajo la costra islámica. 

Ahora bien, la tesis del “rearme” propone que enfaticemos justo el aspecto religioso del problema frente a los elementos -imperio de la ley, constitucionalismo, lealtades abstractas- que, según refiere Salzman, han permitido crear en Occidente una cultura política razonablemente autónoma tanto de las lealtades inmediatas de la familia y el clan como del poder religioso.

 Esta “solución homeopática” pasa por alto que han sido precisamente esas instituciones las que han permitido a Europa alzarse definitivamente sobre dar-al-Islam a partir del siglo XVII y crear un mundo industrial donde el peso de las sociedades musulmanas es irrelevante si dejamos a un lado los recursos naturales [18].

Política, no religión

Si la religión es sólo una de las manifestaciones o máscaras del problema, al proponer combatirla con un “rearme” religioso no sólo nos estamos equivocando de enemigo, sino que nos apartamos del marco que nos ha permitido alcanzar los mayores grados de libertad y prosperidad de la historia.

 Es también discutible que el secularismo sea la única causa del declive demográfico de nuestro continente, un fenómeno que seguramente responde también a facto-res económicos, políticos y otras estructuras de incentivos, de las que algunas serán sin duda más fácilmente modificables que la piedad o impiedad de los europeos. 

Gregory Clark ha propuesto, por ejemplo, que la limitación de la fertilidad ha sido la norma en la Europa anterior a 1800 [19], como en todas las sociedades malthusianas; es decir, en épocas históricas en que la religión ha ocupado de manera predominante el espacio público.

 Es conjeturable que intervenciones relativamente pequeñas (de índole fiscal, jurídica, etc) pudieran modificar el actual panorama [20], habida cuenta de que lo que se precisa no es una explosión demográfica, sino alcanzar al menos el umbral de la sustitución generacional. 

Desde luego, nada asegura el éxito de políticas natalistas moderadas, pero resultan infinitamente más verosímiles que revitalizar el cristianismo continental.

De hecho, la clave para afrontar el reto del islam, tanto en el interior de las naciones europeas como en la escena internacional, reside en lo político; y, a buen seguro, no sólo en grandes operaciones de ingeniería de éxito dudoso, como la ocupación de Iraq, sino en microingenierías relativamente modestas pero coherentes, decididas y precoces. 

De puertas hacia afuera, parecen imprescindibles medidas como la reducción de los contingentes migratorios islámicos [21] -que puede emplearse además como medida de presión contra determinados Estados, exigiendo cooperación en seguridad, energía o reformas democratizadoras a cambio de cuotas migratorias-.

 En el caso español, disponemos de contingentes más afines culturalmente, como el hispanoamericano, y el Este de Europa puede aportar también una inmigración de carácter menos problemático. 

En el interior, es inexcusable la renuncia a políticas multiculturales, “otomanas”, que quiebren el imperio de ley y el monopolio estatal de la coacción y permitan perpetuar en suelo europeo las estructuras tribales que están en el origen del problema. 

Es preciso que los musulmanes sean ciudadanos, en sus países de origen y, sobre todo, en Europa.

El mundo árabo-musulmán está en puertas de la transición demográfica, y el futuro de Europa se decide en buena medida en una carrera contra el reloj entre esta transición y el devenir de nuestras propias estructuras poblacionales. 

Medidas políticas limitadas pero concretas y, sobre todo, oportunas, pueden marcar la diferencia en un proceso que podría extenderse no más de cinco décadas en el futuro. 

Quizás sea poco realista pedir a las elites burocráticas europeas esa concreción y esa oportunidad; pero la sociedad civil debe abrir el debate renunciando a los tabúes y a los clichés del relativismo. 

En este senti-do, es difícil exagerar el valor de figuras como Ayaan Hirsi Ali, Theo Van Gogh, Magdi Allam o Geert Wilders. 

Asimismo, el ejemplo de Nicolas Sarkozy muestra que también un discurso anti-relativista nítido puede ser un capital político [22]. 

Mientras tanto, acentuar los aspectos religiosos de la cuestión lleva, como poco, a desenfocar lo verdaderamente importante. 

Tratar de combatir una religión agresiva con otra moribunda es una mala idea, mitigada apenas por el hecho de ser impracticable.

NOTAS

[1] Véanse, por ejemplo, “Ratzinger’s mustard seed“; “When even the Pope has to Whisper“; “Hirsi Ali, atheism and
Islam
“; “The mustard seed in global strategy“. 
[2] Centro de Investigaciones Sociológicas, Barómetro Enero 2007
[3] ‘Wonka’, “La iglesia española y sus cifras“, Wonkapistas. 
[4] “Religious belief ‘falling faster than church attendance’“, Telegraph.co.uk.
[5] ‘Kantor’, “The Kantor Demo-Tool and European Muslim Population“.
[6] David Stoll, ¿América Latina se vuelve protestante?, Apéndice 3; Víctor Pérez-Díaz, Sueño y razón de América Latina.
[7] “Interview with the Archbishop of Canterbury, Dr. Rowan Williams“, BBC Radio. 
[8] David Pryce-Jones, “Williams: Christian or Clown?“, National Review Online. 
[9] Mai Yamani, “A New Holy Alliance?”, Project Syndicate. “Foro católico-musulmán
en noviembre
“, Catholic.net.
[10] ‘Spengler’, “A new Jerusalem in Sub-Saharan Africa“; “Christianity finds a fulcrum in Asia“. Una apreciación más matizada: ‘Razib’, “Mass conversions from Islam to Christianity?“, Gene Expression. 
[11] Sería inútilmente prolijo recopilar ejemplos de estos discursos, que pueden hallarse fácilmente asociados a intelectuales como Tariq Ali, Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Günther Grass, etc, etc. Respecto al argumento de la “psicopatía”, hay que recordar que, si no existe una mayoría de musulmanes dispuestos a cometer atentados suicidas, sí hay amplias masas
de población que declaran su aprobación por esta y otras modalidades de terrorismo, incluso cuando se constatan fuertes tendencias a la baja. Véase, por ejemplo, 
Pew Global Attitudes Project, Global Opinion Trends 2002-2007. Para una interpretación alternativa del estudio, Daniel Pipes, “Suicide Reversal? Polling the Muslim World“, Daniel Pipes Weblog. 
[12] Philip Carl Salzman, Culture and conflict in the Middle East, Humanity Books, 2008. Una reseña amplia en Stephen Kurtz, “I and My Brother Against My Cousin“, The Weekly Standard. Sobre la influencia del tribalismo y el complejo “vergüenza/honor” en la política árabe, David Pryce Jones, The Closed Circle, Harper Perennial, 1991. 
[13] Philip Carl Salzman, “Why Arabs suffer“, National Post.
[14] Una parte de ninguna manera desdeñable, en todo caso, y que seguramente proporciona el fundamento ideológico para fenómenos tan característicos como el terrorismo suicida. 
[15] Según la formulación clásica de Algazel, cuando se juntan el fuego y el algodón, lo que quema el algodón no es el fuego sino la voluntad de Dios. 
[16] Más allá de discursos nostálgicos sobre la ciencia en el mundo clásico árabe, hay que recordar que hoy día la producción científica en dar-al-Islam es despreciable. Pervez Hoodbhoy, “Science and the Islamic World - The quest for rapprochement“, Physics Today. 
[17] Daniel Pipes, In the Path of God. Islam and Political Power, Basic Books, 1983. Sobre el
conflicto entre poder secular y religioso en Al-Ándalus, véase por ejemplo José-Luis Martín, La
España medieval, Madrid, 1993. 

[18] Bernard Lewis señala que, excluido el petróleo, los países árabes en conjunto exportan
por un valor inferior al de Finlandia. 

[19] Gregory Clark, A farewell to alms, Princeton, 2007. 
[20] “France claims EU fertility crown“, BBC News.
[21] ‘Kantor’, op.cit.
[22] Nicolas Sarkozy, “Discurso de Bercy“. 

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