viernes, 19 de junio de 2009

NO...



Tenía cara de NO.

Aquel payaso bien pintado, con su peluca amarilla y sus zapatos enormes, recorriendo a veces la calle vacía, parado en otras ocasiones sobre un cajón de madera donde rezaba su nombre,
era un NO como un castillo.

Nunca hablé con él, ni lo reconocí siquiera a cara descubierta;
nunca tuve referencias negativas de su persona o costumbres —
posiblemente intachables—
pero algo en su expresión,
en sus gestos o en su inmovilidad desmentía la pintura,
la nariz y el jersey a rayas.

Porque hay noes que van mucho más allá del actor,
el papel y el escenario.

Hay negaciones constantes que envuelven al individuo abarcando
su pasado,
su futuro, sus intenciones
y las ideas triviales a que vuela su cabeza cuando
se despista en un semáforo.

Y no sé muy bien cómo, pero se nota,
se nota y se expresa en un NO que bien pudiera sustituir
al DNI en la oficina de correos cuando se va a recoger un paquete.

¿Pero NO, qué?

NO. Nada.

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