
Dina Gottlieb lleva décadas reclamando que le den los retratos que los nazis le hicieron pintar en el campo de concentración
Casi todos en Auschwitz sabían que el talento de Dina Gottlieb era la pintura, de modo que cuando alguien tuvo la idea de decorar las barracas infantiles, su nombre se mencionó enseguida. Empezó pintando una pradera suiza, pero los niños se pusieron de acuerdo para pedirle que dibujara a Blancanieves, y luego a los siete enanitos, y Dina lo hizo tan bien que acabó llamando la atención del alto mando. «Un oficial de las SS se me acercó y me pidió que me subiera a su jeep
–contaría más tarde–. Empecé a mirar alrededor buscando a mi madre, pues pensé que me llevaban a la cámara de gas». Era 1943. La llevaban a ver al doctor Mengele.
El retorcido, salvaje y brutal Josef Mengele, el Ángel de la Muerte, el hombre que convirtió a los presos de Auschwitz en ratas de laboratorio. El médico atroz –tan obsesionado con la pureza genética aria que amputó, inyectó, quemó, vació, mezcló, cercenó, en resumen, experimentó a su antojo con los prisioneros en busca de respuestas– necesitaba a alguien que se encargara de retratar a sus víctimas. Para tener documentación. Lo había intentado con una cámara de fotos, pero el resultado no le convencía: quería más colorido. Como muchos otros judíos en los campos nazis, Dina estaba a punto de ser salvada por su talento.
Nacida en la antigua Checoslovaquia, al terminar la guerra decidió irse a Estados Unidos: lo más lejos posible de Europa para intentar, como muchos, curar las heridas, ahuyentar los fantasmas; olvidarse, en su caso, de los condenados. «Cuando uno los miraba, casi podía ver escrito en ellos el destino que les esperaba», decía. Había pintado decenas de retratos de judíos, homosexuales y gitanos, muchos bajo la supervisión del propio Mengele, que procuraba resaltar los rasgos genéticos de los modelos para poder afinar en su estudio. Dina recordaba en particular a una gitana joven, casi una adolescente. «Uno mira esa pintura y ve angustia, dolor y miseria. Yo tuve que transmitir eso».
Telegrama desde Polonia
Algunas de esas acuarelas fueron halladas intactas cuando acabó la segunda guerra mundial. En concreto 11, todas de gitanos. Dina vino a enterarse de todo ello en 1973, cuando recibió un telegrama desde Polonia en el que los responsables del Museo de Auschwitz –levantado en los mismos barracones del infierno nazi– le pedían que certificara su autenticidad. Lo que empezó entonces fue una prolongada (y todavía inacabada) batalla por la custodia de los dibujos: pues Dina entiende que son suyos. Y los quiere, explica, para darlos a sus nietos, para que sepan y entiendan, para que no olviden. Pero el museo se niega rotundamente a devolverlos.
Un abogado famoso
De 1980 data el primer comunicado que expidió la junta directiva del museo para argumentar que los dibujos formaban parte de su patrimonio, y anunciar, con firmeza y contundencia, que no estaba dispuesta a entregarlos. Dina se vio obligada a contratar los servicios del abogado Joel Friedman (caro y famoso, de impecable reputación), y desde entonces el caso está en los tribunales; lo que no impide que de vez en cuando –aparentemente sin razón alguna– la junta se reúna para afirmar públicamente su posición. La última ratificación tuvo lugar la semana pasada.
«La junta reitera que la entrega de los originales a la señora Gottlieb-Babbitt [su apellido de casada], como ella exige, está fuera de toda consideración», reza un comunicado. Como ya ha hecho en varias ocasiones durante los últimos 30 años, el museo dejó claro que los dibujos «forman parte de los pocos testimonios disponibles de los gitanos asesinados, y no pueden ser reemplazados por copia alguna». El letrado Friedman comenta que la junta puede hablar con toda la firmeza que quiera, porque al final será un juez el que lo decida.
Blancanieves
Dina tiene 84 años y es viuda desde hace 18. Los que creen en cosas como el destino encuentran estimable que al llegar a Estados Unidos se casara con Arthur Babbitt, un destacado animador empleado de Walt Disney que había formado parte del equipo creador de Blancanieves y los siete enanitos: justamente la película que aquella judía había visto siete veces antes de caer prisionera, y cuyas imágenes, grabadas nítidamente en su cabeza, le habían salvado la vida. Pues se dice que el salvaje Mengele acudió aquel 1943 a las barracas de los niños, y quedó fascinado con la delicadeza de los rasgos de la princesa.
imperioromano
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