
EL SUPAY
"Dos tradiciones se juntan para conformar el Súpay o Zúpay.
Una de ellas arranca del Incario, donde fue reconocido como principio
o genio del mal que reinaba en el Supaihuasin, inframundo situado en el centro ígneo de la Tierra.
Era la encarnación de los misterios selváticos y causante de los maleficios, pestes, inundaciones, sequías y todo cuanto hiere la imaginación y horroriza.
La otra vertiente fue la leyenda del origen oriental que en la Edad Madia
la Iglesia Católica convirtió en artículo de fe y objeto de infinitas especulaciones teológicas, y los heresiarcas en el eje de complejas ceremonias
y cultos esotéricos.
Me refiero al Diablo, Demonio, Lucifer, Luzbel, o el Maligno,
también llamado entre nosotros Mandinga, Malo o Malu.
Es el Señor de las Tinieblas, cuya lucha contra el bien se manifiesta
en distintas clases de tentaciones que llevan todas a la caída.
Es decir, a caer en sus manos, lo que equivale a arder eternamente
en el fuego del infierno, con el que tanto aterrorizaron los misioneros
a los indígenas.
El Súpay es multiforme en su caracterización, porque la complejidad
de la fuente europea lo presenta así, y también, en nuestro caso,
por su mismo origen mestizo.
Entre nosotros parece preferir la forma humana, y especialmente
la de un gaucho rico y apuesto que viste ropa fina y negra,
con chiripá del mismo color.
Lleva puñal, espuelas y rebenque de plata y oro, monta un caballo azabache
de largas crines que flotan en el viento y muy enjaezado.
También hay veces en que viste un cuero de oveja,
sombrero aludo y una especie de túnica granadina,
como el Súpay de Copacabana, en Santiago del Estero.
Se presenta asimismo como un virtuoso payador que desafía
a los más afamados practicantes del género
(aunque en más de una ocasión sale derrotado de tales contiendas),
como un viejo sabio campesino o un negro rotoso y hercúleo.
Es común en el folklore americano relacionar a los negros con el Diablo,
como la prueba que uno de sus nombres, Mandinga,
designa a una etnia del África Occidental que fue bastante usada
como sinónimo de negro.
Lo curioso es que nunca se presente con la forma de un indio,
acaso por ser éste quien moldeó la leyenda.
Suele aparecerse asimismo con la forma de un animal conocido,
o más comúnmente como un híbrido de macho cabrío y hombre,
con cuernos de chivatón, rostro de sátiro de larga pera y bigotes requemados, cuerpo muy velludo, piernas de chivo con impresionantes pezuñas
y con una capa negra.
A menudo se presenta también como un remolino,
y hasta como un árbol.
Sus apariciones vienen precedidas por un ruido como de trueno
o explosión de arma de fuego, y se da en medio de una llamarada
que impregna el aire con un penetrante olor a azufre.
Desaparece también entre una nube hedionda y amarillenta,
tras cerrar trato con el hombre dispuesto a darle su alma a cambio de riquezas, amores o habilidades, ser derrotado en una payada o rechazado enérgicamente por aquel al que pretende tentar.
Prefiere la noche de los martes y viernes, que es cuando todos los seres infernales salen a cometer maldades y celebrar sus sangrientos
y repugnantes ritos.
Su templo, entre nosotros, la Salamanca, gran cueva que se sitúa
en la entraña de los cerros.
En Santiago del Estero, donde no hay grandes montañas,
la Salamanca es una misteriosa caverna emplazada en lo más espeso
del monte. Allí se dan cita las brujas, y también los alumnos
de esa universidad de las tinieblas,
donde además de enseñarse la práctica de los maleficios
que permiten arrastrar a las almas a su perdición,
se instruye sobre toda suerte de arte, habilidad o destreza.
Se sabe que más de un gaucho vendió su alma no para conquistar
a una bella muchacha que lo desprecia,
sino tan sólo para aprender el arte de la guitarra y el canto,
convertirse en un buen jinete o ganar siempre en la taba.
Al entrar, el neófito debe escupir un Cristo que se encuentra
puesto cabeza abajo.
En la Salamanca de Chilecito, según me refirió el pintor Pedro Molina,
se exige también besarle el ano a un macho cabrío y dejarse abrazar
por una gran boa.
Los animales del Súpay son los sapos y escuerzos, las víboras,
los perros negros, los cerdos, los machos cabríos, las mulas,
las lechuzas y los quirquinchos.
Sus cortesanas, las brujas, que no siempre son viejas horribles:
las hay también jóvenes y bellas". (*)
(*) Seres mitológicos argentinos, de Adolfo Colombres,
Buenos Aires, ed. Emecé.

EL IVUNCHE
"También llamado Imbunche, Ivúmche, o Ivúm Koñi.
Ser mitológico araucano al que Bertha Koessler Ilg describe como un duende
que tiene la cabeza vuelta hacia atrás y anda sobre una sola pierna,
pues la otra arranca de la nuca y no le sirve para la locomoción.
Al parecer, son niños varones robados por los brujos a los seis meses
o un año de edad, quienes les obturan todos los orificios del cuerpo
y los ponen a su servicio.
Repugna con su aspecto a las mujeres embarazadas". (*)
(*) Seres mitológicos argentinos, de Adolfo Colombres,
Buenos Aires, ed. Emecé.
ZAPAM- ZUCUM
"Personaje legendario (aunque poco difundido, quizás por su origen aymara), mencionado principalmente en las provincias argentinas de Jujuy, Salta, Catamarca y las zonas limítrofes de Bolivia y el norte de Chile.
La descripción más frecuente de la Zapam-Zucum corresponde a la de una mujer hermosa, de rasgos aindiados, en la plenitud de su juventud y su femineidad, ojos renegridos, y largos y lacios cabellos del mismo color,
que le caen por debajo de la cintura.
Aparece invariablemente desnuda, y sus características físicas más destacables son sus manos y sus pies, blancos como la nieve, y sus pechos descomunales, que agita al andar, produciendo el ruido onomatopéyico del que proviene su nombre indio.
En la mayoría de las versiones se comporta como una aparición benévola,
ya que suele acariciar y jugar con las guaguas (niños) que las mujeres dejan
a la sombra de los algarrobos cuando salen a recoger higos de tuna,
e incluso suele darles de mamar cuando tienen hambre.
Sin embargo, si el hombre de la familia ha matado alguna vicuña sin necesidad,
o hachado algún árbol, le robará al hijo y ya no tendrá manera de recuperarlo.
También se ocupa de mantener encendidos los fuegos que los pastores dejan prendidos en sus campamentos, para encontrarlos cuando regresan
con sus majadas.
Sin embargo, no siempre se la considera inofensiva,
ya que, según la versión de un arriero de la provincia argentina de Catamarca:
... la Zapan-Zucum es una mujer de piel oscura, gigantesca y horrriblemente fea, de pechos enormes y colgantes, que sorprende a los pastores
y a los recolectores de patay durante los descansos que hacen bajo los árboles.
Anuncia su presencia con gritos que imitan el ruido que hacen sus pechos
al chocar entre sí cuando camina, y su mayor diversión es atrapar
entre sus senos a todos los que no son suficientemente rápidos para escapar,
y llevárselos con rumbo desconocido, sin que nadie más los vuelva a ver..."(*)
(*) En El mágico mundo de las hadas, Roberto Rosaspini Reynolds,
Buenos Aires, Ediciones Continente.
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EL COQUENA
"Deidad diaguita-calchaquí, del norte de la república Argentina.
Protector de las vicuñas, llamas y guanacos.
Se lo describe como un hombre pequeño, lampiño y con rasgos indígenas,
que viste pantalón de barracán, camisa de lienzo, ojotas y poncho de vicuña.
Se cubre la cabeza con un sombrero ovejón (hecho de lana, con una tela muy primitiva moldeada en el mortero) o con un simple chujllo o gorra indígena.
A veces se aparece también con la forma de un guanaco.
Camina ligero y no deja rastros.
Anda silbando por los cerros y masca coca continuamente.
Oculto a la mirada de los hombres, vigila con celo su ganado.
Cuando se ve moverse a lo lejos las tropas de camélidos sin que pastor
alguno las conduzca,
es que el Coquena las arrea hacia sitios de mejor pasto.
Es raro encontrarse con el Coquena, pero si esto ocurre,
se lo toma como un presagio nefasto.
Tal visión no dura más que un instante, porque de inmediato se transforma
en un espíritu.
Se enoja mucho cuando se cazan vicuñas con armas de fuego, y castiga duramente a los que hacen esto, pero también sabe conceder bienes.
Se enoja asimismo con los arrieros que cargan demasiado a sus llamas.
A los buenos pastores, en cambio, los premia con monedas de oro.
Coquena es además dueño de las minas de oro y plata,
así como de los tesoros escondidos de la región,
a los que defiende también con celo.
Antes se decía que de noche llevaba rebaños cargados de oro y plata,
extraídos dc distintas minas cordilleranas, hacia el Sumaj Orko de Potosí,
para que no se agotaran sus legendarias riquezas.
Los bagajes iban atados con víboras a guisa de cuerdas.
Para Fortuny, el mito de Coquena vendría a confundirse con el del Llastay,
aunque más circunscripto a Salta y Jujuy,
área donde mantiene una gran vigencia.
El poeta Juan Carlos Dávalos le cantó." (*)
(*) En Seres mitológicos argentinos, de Adolfo Colombres,
Buenos Aires, ed. Emecé.

LA UMITA
"Significa «cabecita”, en quichua.
Ser legendario muy conocido en la provincia argentina de Santiago del Estero, especialmente en los departamentos de Guasayán y Jiménez.
Se lo describe como una cabeza humana de larga y enmarañada cabellera
que vaga sola en la noche, rodando por el suelo o volando a ras de él,
y produciendo al desplazarse un ruido suave, como de trigal mecido por el viento. También como una gran cabeza de dura pelambre, o una cabecita como de criatura.
Suele aparecerse en las taperas o en los caminos viejos y abandonados en ese momento en que vacila, a punto de extinguirse, la luz del día, llorando y con el rostro bañado en lágrimas.
Aunque por lo común reduce su llanto a una simple expresión de amargura,
hay veces en que implora piedad, o pide ayuda para salir de una situación angustiante.
Quiere siempre contar al viajero su aflicción,
pero sólo logra aterrorizarlo con su presencia.
Hay versiones terribles de esta leyenda que hablan de viajeros que se trabaron en feroz lucha con ella hasta el amanecer, hora en que la vieron transformarse
en toro o ternero, y confesar bajo tal apariencia el error o la falta que está condenada a purgar.
Pero el vencedor no salió en esos casos bien librado, pues perdió el habla
. O sea, la palabra de la Umita sólo sonaría para privar de la suya
al desventurado receptor.
Sin embargo, muchos de los que la conocen no le temen.
Hasta afirman que hacerse acompañar por ella en una travesía nocturna
es una protección eficaz contra los malos espíritus, aunque hay que aguantar, claro está, sus constantes quejas.
Di Lullo subraya esta condición de numen tutelar, que advierte a los hombre
que los acechan.
Domingo Bravo nos cuenta que a menudo los paisanos le dejan agua
en un sitio apartado para que beba, pues sería la sed lo que la saca
de su refugio, llevándola a merodear por los ranchos.
El alba pone siempre fin a sus andanzas". (*)
(*) Seres mitológicos argentinos, de Adolfo Colombres,
Buenos Aires, ed. Emecé.
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