No le parecía. Estaba seguro.
Mientras él caminaba sumido en la batalla con sus demonios internos,
la rubia que se topó cuando doblaba la esquina le había guiñado
uno de sus ojazos color miel.
El detalle era que el mensaje estaba llegando
a su cerebro con dos minutos de retraso.
Corrió frenético por la calle diez de noviembre intentando
Corrió frenético por la calle diez de noviembre intentando
distinguir a su musa entre una multitud de personajes
que ahora le resultaban insoportables, hasta que,
más debido a la frustración que al desgaste físico,
se detuvo en la intersección con el parque.
Allí obtuvo el segundo guiño del día,
pero esta vez de la suerte.
Con las manos afirmadas en sus rodillas giró la cabeza en la dirección del viento para inflar sus pulmones, y entonces vio a lo lejos el ajustado jean de la rubia justo en el instante en que abordaba el tranvía.
De nuevo emprendió la carrera, y de nuevo llegó tarde.
La puerta de un amor efímero o eterno se le había
cerrado en pleno rostro casi con indiferencia,
y no pudo más que sentirse condenado a una soledad
que no deseaba.
Se abalanzó dentro de un taxi y lo obligó a emprender una tenaz persecución, sabiendo que aunque había perdido de vista el tranvía en el tráfico, solo era cuestión de replicar su recorrido hasta encontrarlo en algún punto remoto de la ciudad.
Se abalanzó dentro de un taxi y lo obligó a emprender una tenaz persecución, sabiendo que aunque había perdido de vista el tranvía en el tráfico, solo era cuestión de replicar su recorrido hasta encontrarlo en algún punto remoto de la ciudad.
Para entretenerse mientras el conductor arriesgaba la vida de ambos, imaginó la trama de una novela que relataría las peripecias
de un muchacho de barrio para reunirse con la mujer de sus sueños,
y jugó con la idea de titularla “Un tranvía llamado deseo”.
Su intención de plagio le arrancó una carcajada que el taxista interpretó como una aprobación a su forma de manejar.
En el momento en que la desesperación empezaba a convencerlo
En el momento en que la desesperación empezaba a convencerlo
de abandonar la empresa, el chofer lanzó un grito al tiempo
que golpeaba el techo del vehículo.
“¡Qué mujer dios mío!”
Levantó la vista y la vio.
“¡Qué mujer dios mío!”
Levantó la vista y la vio.
Cruzaba la calle paseando toda su voluptuosidad
a escasos metros del vehículo.
Otra vez la suerte le confirmaba su apoyo incondicional.
Entonces pagó de apuro, y sin aguardar el cambio se arrojó
a la vereda.
Su musa se hallaba al otro lado de un mundo de automóviles
que entorpecían su felicidad amparados
por una simple lucecita verde.
Decidió no desviar la mirada de su objetivo,
Decidió no desviar la mirada de su objetivo,
y cuando detectó el colorado por el rabillo del ojo
apuró el paso para no dilatar la espera.
El ruido seco del impacto alteró la rutina de la zona por varias horas.
Mientras la viuda lloraba sobre el cadáver sin poder explicar
El ruido seco del impacto alteró la rutina de la zona por varias horas.
Mientras la viuda lloraba sobre el cadáver sin poder explicar
a la policía su localización en un sitio tan ajeno a su cotidianidad,
un puñado de curiosos observaba la escena detrás de la cinta.
“Perdón señor, ¿sería tan amable de prestarme su pañuelo?”,
“Perdón señor, ¿sería tan amable de prestarme su pañuelo?”,
preguntó la rubia,
que había presenciado el accidente.
“Es que desde hoy tengo una basurita
en el ojo que me está volviendo loca.”

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