El detective volvió a su departamento luego
del peor domingo de su vida.
Todos los domingos son el peor domingo de su vida,
aunque este lo parece más.
Doce horas, la mayor parte adentro de su auto,
esperando que pasara algo en la casa del tipo que lo contrató.
Pero la esposa es desconfiada y tiene tiempo para no arriesgarse
a que la descubran.
Para colmo el cliente no apareció a la hora señalada
y lo dejó sin dinero.
La cocina es un desastre de platos sucios y heladera vacía.
Maldijo su suerte, como hace todos los domingos peores de su vida.
Se rió una sola vez en toda la noche, al pensar en esos idiotas
que dicen amar su soledad.
Claro, la soledad elegida, esa a la que se le puede decir basta
en cualquier momento, sabiendo que en casa hay una cama calentada por otro cuerpo.
Eso no es soledad, eso es un chiste.
Sandy ya debe haber cerrado el bar.
Por suerte queda un poco de whisky en la botella.
En la televisión no hay nada.
Se tira vestido en la cama, intenta leer algo para olvidarse
de demasiadas cosas.
Es imposible.
Mejor cerrar los ojos e imaginarse un sueño hermoso,
cálido como el líquido que baja por la garganta.
El whisky barato es lo más parecido a la felicidad
que hay en ese maldito departamento.


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