Imagínate que una mañana cualquiera te levantas de la cama, te acercás a la ventana, la abrís -si es que no la tenías abierta ya-, mirás a lo lejos, respirás profundamente y, totalmente convencido de lo que vas a decir, exclamás:
¡ A partir de ahora, todo esto, va a ser mío !
Bueno, pues siento mucho desilusionarte, pero no te va a ser posible porque el 15 de junio de 1936, A. Dean Lindsay, vecino de Ocilla, en Georgia, presentó ante notario escritura pública en la que reclamaba, al no tener dueño reconocido, "(...) la propiedad de todos los planetas -excepto la Tierra-, satélites y otras materias, que serán conocidas desde ahora como Archapellago de A.D. Lindsay".
Aunque pueda parecer una broma, no lo es, y su pretensión, trás superar diversos trámites, quedó reflejada y puede ser consultada en el Registro de la Propiedad del condado de Irwin, libro 11 del año 1937, páginas 28 y 29.

Para mayor asombro, al cabo de un año, la fama de Lindsay comenzó a extenderse y pasó a ser ampliamente conocido por el público; en la radio se hablaba de él como "el hombre más rico de todos los tiempos", y desde distintas partes del mundo recibió ofertas para comprarle la Luna, una estrella o una constelación.
Pero Lindsay nunca accedió, ya que sus ambiciosos planes contemplaban,
en un futuro más o menos cercano, la explotación de sus propiedades,
para lo cual se preocupó también de registrar sus derechos sobre ellas.
Pero Lindsay cometió un error que le privó de convertirle en el dueño absoluto del Universo: omitió mencionar "las regiones relativamente vacías del universo fuera de las atmósferas de los cuerpos celestes", o lo que es lo mismo,
el espacio exterior, y ese descuido fue aprovechado por James Thomas Mangan, quien lo reclamó para sí el 20 de diciembre de 1948.
Mangan adornó su proclamación con un aura benefactora, ya que, según él, pretendía de esta forma que ninguna otra nación pudiera implantar su hegemonía fuera de los límites de nuestro planeta.
Al igual que Lindsay, registró su propiedad, a la que llamó Celestia,
en el Registro del condado de Took el 1 de enero de 1949,
y ofreció la ciudadanía "a la gente simpática, donde quiera que vivan,
que desee disfrutar las bellezas y beneficios de un vasto dominio todavía
no reclamado por ningún Estado".
Ese magno día, la Nación del Espacio Celestial tenía una población
de 19 habitantes (¿?), y diez años más tarde, había llegado a la asombrosa cifra de 19.057.
En 1956 se realizó el que fue su primer mapa a una escala de
1 pulgada/250.000.000 años luz, y en 1957, la Oficina de Patentes y Marcas aprobó el uso de Celestia para denominar a la autoproclamada república monárquica (¿¿??).

Mangan se tomó muy en serio su papel de líder, solicitó el ingreso en Naciones Unidas, se dirigió a los Departamentos de Estado de numerosos países para darles a conocer su existencia, y comunicó oficialmente a la Unión Soviética, Gran Bretaña, y EE.UU. la prohibición de usar sin su permiso las regiones de más allá de nuestra atmósfera.
Esto no era ninguna trivialidad, ya que impedía de manera formal
la realización de pruebas nucelares, el envío de satélites artificiales e, incluso, que las ondas procedentes de estaciones de radio y televisión ubicadas en la Tierra alcanzaran sus territorios.
No obstante, y como buen patriota que era, el año 1957 dispensó
a los EE.UU. de tales limitaciones y les concedió una licencia especial
para que pudieran lanzar satélites y realizar el primer viaje a la Luna.
Como toda nación que se precie, Celestia contaba con su propia bandera,
su escudo y su moneda de curso legal, el Joule y el Celeston,
una pieza de oro de 2,20 g. que ha alcanzado precios muy elevados las pocas ocasiones que ha salido al mercado dada su escasez.
Por su puesto, también contaba con su propia Corte:
su hija Ruth fue nombrada princesa de la Nación del Espacio Celestial,
y sus tres nietos fueron honrados con los Ducados de Selenia,
de Marte y de la Vía Láctea.
Con el tiempo, las pretensiones de Magan se fueron diluyendo,
y Celestia cayó en el olvido más absoluto tras su muerte,
sucedida el año 1970.
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