viernes, 27 de enero de 2012

Uso racional de la Razón...

La razón, la inteligencia, el conocimiento e, incluso, la fe religiosa, son herramientas y toda herramienta apunta a un fin. 

Poner el deseo a su servicio es como poner
 la carreta a tirar del caballo.

Alguien podrá quejarse aduciendo que encuentra placer en el conocimiento 
en sí mismo. 

Pues bien: yo le diré que el fin de su conocer es el placer que le brinda. 

Porque, si no le presenta placer al momento, existe al menos la expectativa de un placer o utilidad futura. 

Y si esta expectativa no existe, entonces, el hombre está pecando 
de racionalismo. 

Merecerá, entonces, no sólo el tedio que obtenga como recompensa 
o castigo por su afán, sino también el padecimiento y el dolor que devenga
 de su desprecio por el placer, por la vida misma.

Hay quienes compran vasos porque quieren beber vino 
y hay quines compran vino porque tienen vasos. 

El pecado de la razón consiste en perder de vista su finalidad;
 en tomar su mero ejercicio como un fin.

 Es preciso, aunque parezca paradójico, hacer un uso racional de la razón, que nos aparte de ese vergonzoso pecado contra la vida misma.

Llamamos útil, al final de cuentas, 
a todo aquello que nos provee de placer.

 El placer es, entonces, el único fin en sí mismo. 



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