El viaje.

"Quiero viajar al pasado", le digo al chofer antes de subirme a la máquina
del tiempo, que a esa hora está casi vacía de pasajeros.
"No se puede", me responde sin inmutarse.
"Entonces al futuro", le digo.
"Esta máquina solo viaja al presente", me dice.
Me subo, la enciende y acá estamos, en pleno viaje.
Una noche sin luna

Solo digamos que la noche en que Ortiz murió era una noche sin luna.
Como no había luna se veía muy poco o casi nada.
Como se veía muy poco o casi nada, nadie pudo ver lo que realmente ocurrió. Como nadie pudo ver lo que realmente ocurrió
es muy poco lo que hoy puedo decirle.
Como es muy poco lo que hoy puedo decirle es probable
que este cuento sea muy malo.
Como es probable que este cuento sea muy malo de seguro usted,
al igual que otros, me despreciará por hacerle perder el tiempo.
Como usted, al igual que otros, me despreciará por hacerle perder el tiempo tendré que aplacar su desprecio.
Como tendré que aplacar su desprecio iré a buscarlo en cualquier momento. Como iré a buscarlo en cualquier momento me aseguraré de que nadie me vea. Como me aseguraré que nadie me vea es probable
que lo haga la próxima noche sin luna.
Un rinoceronte bajo la mesa

Suele pasar, aunque el mundo se empecine en negarlo, que de vez en cuando alguien, usted, yo, la vecina, o un barrendero kuwaití, se encuentre
un rinoceronte bajo la mesa.
La ciencia no ha podido, no ha querido o no ha tenido tiempo de explicarlo,
lo cierto es que para cuando algún incauto se da cuenta de esta verdad universal ya es demasiado tarde.
Cosa de rinocerontes, eso de andar metiéndose debajo de la mesa familiar sin ser invitado, vaya usted a saber con qué intención pues aun nadie ha tenido suficiente comprensión de la conducta rinoceríntica ni suficiente coraje como para atreverse a preguntarles por qué lo hacen.
La única manera, tal vez de evitar tan desagradable sorpresa sea hacer como yo hago de un tiempo a esta parte, revisar antes, espiar bajo el mantel para confirmar la cotidiana e inofensiva imagen del gato que duerme bajo la mesa,
o del perro que aguarda las migajas, o simplemente del neutro y frío piso recién encerado. Es cuestión de asegurarse, de no dejar ningún margen de duda de que un rinoceronte esté escondido bajo la mesa, la suya, la mía,
la de la vecina o la del barrendero kuwaití.
No tenga miedo, a los rinocerontes machos el miedo les excita.
Tenga cuidado, revise bajo la mesa,
después no se queje de que nadie se lo advirtió.