
Cruzó el pasillo. El sonido de los tacones sobre el parquet la delató.
Poco antes lo había visto sonreír con ese gesto dulce que le helaba la sangre.
No sabía por qué ni cómo habían llegado hasta allí.
Su piel todavía tenía la marca de los arañazos. Él dudó.
No sabía si llamarla o dejar que se marchara con esa tristeza insobornable mordiéndole las tripas. ¿Qué quería? ¿Qué esperaba?
¿Cómo podría calmar la sed de esa mujer?
Entreabrió la puerta y la contempló ciñéndose la cinta de sus viejos zapatos negros. Sintió un temblor sordo en la boca del estómago.
Ella levantó la vista y lo vio mirándola desde el otro lado del pasillo
casi a oscuras.
Pensó que si lo amaba es porque nunca lo conocería bien.
Luego él cerró la puerta, se sentó en la silla, agarró la pluma
y abrió el cuaderno, pero no pudo escribir.