domingo, 28 de octubre de 2012

Él... su historia. (22.238)


Debemos imaginarlo quieto. Eso es lo primero. Eso es lo importante.
 Él no se mueve. El tiempo se le escurre. Hace años que perdió toda esperanza. La idea de la derrota o la victoria fuera, porque aburre y ya te cansa. 
Él, recuerda, no se mueve. Si tuviéramos que quedarnos con un infinitivo sería permanecer. Delgado, ojos negros, pelo entrecano y corto.
 Cincuenta y algunos años. Camiseta blanca y pantalón negro, vaqueros desgastados. No hablaremos de su trabajo. 
No utilizaremos, y esto es importante, ningún recurso pesado
 para mejorar la descripción (la artillería lejos). 
Será servido en bandeja de plata para generar preguntas: 
un hombre que permanece, un hombre desesperanzado que sin embargo avanza, no se rinde, es feliz; entonces las respuestas o el intento de ofrecerlas. No hablaremos de valentía y mucho menos de eso que a veces llamas determinación.
 Complejizar significa aquí aventurar la posibilidad de que la felicidad no sea 
el principio y el final del círculo. Míralo de frente. ¿Qué?
 Le tocas y apenas si se mueve. Sin hijos, sin mujer. 
Una casa pequeña y apenas unos cuantos muebles. Decoración sencilla.
 No más de treinta libros. Míralo.
 Le presupones sano y se diría que inteligente.
 Su mirada denota entereza, los gestos de sus manos que es paciente, mucho. Pregunta si está solo realmente...
 Su identidad pespunteada debe ser adivinada por el lector inteligente.
 Por tanto decir muy poco de él, a pesar de que se intuya la tierra quemada que dejó detrás. Lo ves paseando con las manos en los bolsillos. 
Nunca nieve. Nunca lluvia. 
No será como esos tipos de elegancia pegajosa y modales afectados. 
Será un hombre tranquilo. Sus dedos estarán torcidos. Míralo.
 Dime qué cuenta. Repite el infinitivo clave. 
Repite lo que verdaderamente sabes de él: es un hombre, está solo, 
perdió toda esperanza. ¿De qué? 
Tienes que hacer de esa pregunta una cuestión definitoria.