domingo, 21 de octubre de 2012

Tiempos que cambian...


De pequeño me subí alguna vez que otra en el tren con mi abuelo.
 Un tren de los de antes, con asientos de madera lustrosa color oscuro,
 agarraderas de cuero y un traqueteo incesante y soporífero. 
Las puertas del tren iban abiertas en un desesperado intento por disimular 
los asfixiantes cuarenta grados que abrasaban las tardes de verano. 
Me llamaban la atención aquellas piedras grises sobre las que volaba el tren, 
los hilos que le conferían un aspecto enigmático y titiritero, las maderas que, colocadas a modo de escalera horizontal, cosían rítmicamente unos raíles que se perdían en el infinito. 
Todo el mundo se paraba cuando pasaba el tren, y veías a la gente haciendo
 cola en los pasos a nivel, mirando desde abajo el monstruo de metal que cruzaba sus destinos.
Los tiempos cambian.
 Esperando en la estación, observo el océano grisáceo de las mismas piedras que antaño me fascinaban, surcado por una marea de líneas rectas, perfectas, paralelas, interminables. 
A simple vista todo sigue igual.
 Pero al bajar la vista compruebo que el acero se ha divorciado de la madera
 y ahora, unas elegantes traviesas de hormigón
 unen la vida de dos raíles solitarios. 
Los postes de catenaria, otrora del mismo gris impersonal que el balasto
 (con el tiempo pude ponerle nombre a esas piedras sobre las que duerme la vía), ahora se disfrazan de azul eléctrico.
 La estación, vanguardista y funcional, concentra viajeros apresurados entre sus paredes de cristal. 
Pocos bancos y mucho espacio.
 Atrás quedaron las estaciones de blanco encalado, arcos rústicos,
 enormes relojes y un señor con gorra y bandera al que todo 
el mundo esperaba con ansiedad.
Hoy eché de menos el "pasajeros al tren" que cada jefe de estación entonaba 
a su manera.
 La robótica voz que te informa del recorrido del tren y agradece 
que viajes con ellos, no tiene el mismo encanto.
Al subir al tren, repleto de gente con móviles, ipods y algún que otro e-book,
 caí en la cuenta de que los tiempos cambian. 
No tiene porqué ser a mejor ni a peor. Simplemente cambian.
Me entristeció no ver a ningún abuelo con su nieto.