De repente percibió que no había límites.
Que entre lo finito y lo infinito sólo se interponía un umbral de trascendencia.
Que la inmensidad y lo palpable sólo estaban separados por la relatividad
de un punto de vista.
de un punto de vista.
Comprendió, desde más allá de su entendimiento, que la inquietud que provoca la soledad está basada en la falsa concepción de lo que aparentamos ser, y en realidad lo que somos abarca mucho más de lo que se contiene en nuestro cuerpo de materialidad y limitaciones.
Logró sentir por un grandioso instante que su ser era parte de ese Todo inabarcable, y que la razón de la limitada comprensión de nuestro pensamiento se relaciona con nuestra habitual atadura a la mera apariencia de las cosas.
Tuvo conciencia que somos más allá de lo que vemos.
Late en nuestro ser la misma esencia fundamental del Universo y en esa comprensión
–a la que intentamos arribar desde el momento mismo en que nacemos- radica al fin la justificación misma de nuestra existencia. La felicidad pasa entonces a transmutar su naturaleza y la plenitud interior se transforma en la luz que alumbrará todos nuestros huecos.
–a la que intentamos arribar desde el momento mismo en que nacemos- radica al fin la justificación misma de nuestra existencia. La felicidad pasa entonces a transmutar su naturaleza y la plenitud interior se transforma en la luz que alumbrará todos nuestros huecos.
Sintió que la vida es al fin, un constante aprendizaje.
Un pasaje desde un estadio embrional hacia otro mucho más sutil y trascendente.
Y desde esa instancia, la muerte ya no es el lími e, el destino fatal que pone fin a la existencia. Es tan solo un peaje en la traza del camino, ese que comenzamos a andar desde que nuestra noción de ser se va arraigando... en Neogeminis
