viernes, 13 de diciembre de 2013

Aquella Alquimia... Precursora de la Química (32218)

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Considerada como una pseudo-ciencia, la alquimia se practicó aproximadamente desde el siglo IV a. C. hasta el surgimiento de la química y las ciencias naturales, a comienzos del XVII.
 Es cierto que, su época de esplendor se sitúa en la Europa medieval.
 Sin embargo, la verdadera historia de la Alquimia, nos dice que deberíamos irnos mucho más atrás en el tiempo.
A partir de la etapa final de la Edad Media se escribieron numerosos libros del denominado «Arte Hermético». 
La palabra alquimia, del árabe al-kimiya, cuyo significado es similar al de química, tiene, sin embargo, una connotación distinta al concepto actual del término, ya que hace referencia a lo trascendental y espiritual.
Tres fueron los objetivos fundamentales perseguidos por los Alquimistas: 
La transformación de metales como el plomo y el cobre en metales preciosos como el oro y la plata. También perseguían crear sustancias curativas de todas las enfermedades y, no pocos de dedicaron su esfuerzo a conseguir lo que llamaron el elixir de la inmortalidad.
Ya saben, la búsqueda de “La Piedra Filosofal”, la única sustancia capaz de conseguir la transmutación. La verdadera Piedra Filosofal es roja y, tenía sus virtudes que sólo eran conocidas por los alquimistas más expertos y que estaban en posesión de los secretos de la materia transmutada.
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Esa Alquimia soñada, sólo podía ser hecha en los hornos nucleares de las estrellas. Allí, sí que se transmutan los elementos y, cuando al final mueren, esas explosiones que llamamos de supernovas, transmutan los materiales en oro y plantino a partir de otros más sencillos y menos valiosos pero, el elixir de la felicidad o la eterna juventud…, eso, es otra cosa.
Pero, sabemos ¿cuál es el origen de la Alquimia? 
Es muy difícil contestar esa pregunta dando una fecha y un lugar concretos; China, Egipto, Grecia y el Oriente Medio pudieran atribuirse, con el mismo derecho, la paternidad de la Alquimia.
 Así pues, parece aconsejable ceñirse a la tradición y remontar el arte hermético hasta el propio Hermes -quien fue un rey prefaraónico-, puesto que él le dio su nombre. 
Se le atribuyen varios tratados alquímicos, entre otros, la famosa Tabla esmeraldina, que es, sin duda, el resumen más conciso, si no el más claro, de la Gran Obra.

La Tabla Esmeraldina
Es verdad, sin mentira, cierto y muy verdadero. Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para hacer los milagros de una sola cosa. 
Todas las cosas vinieron y vienen del Uno, y por mediación del Uno, así todas las cosas han nacido de esta cosa única por la adaptación. 
El Sol es el padre; la Luna, la madre; el viento la ha llevado en su vientre, la Tierra es su nodriza. El Padre de toda la Perfección de todo el mundo está aquí. Su potencia está entera si se convierte en tierra.
Separarás la tierra del fuego, lo sutil de lo espeso, suavemente, con gran cuidado. Subirá de la Tierra al Cielo y de nuevo bajará a la Tierra y recibirá la fuerza de las cosas superiores e inferiores. Por este medio, tendrás la gloria de todo el mundo, y por esto también, toda oscuridad huirá de ti. 
Es la fuerza de toda fuerza, pues vencerá todo lo sutil y penetrará todo lo sólido. Así se ha creado el mundo.
De ahí saldrán admirables adaptaciones, cuyo medio está aquí.
 Por eso he sido llamado Hermes Trismegisto, porque poseo las tres partes de la filosofía de todo el mundo.
 Lo que he dicho aquí de la operación del Sol, está cumplido y acabado.
Según la leyenda, los soldados de Alejandro Magno encontraron dicho texto en lo más profundo de la gran pirámide de Gizeh, que sería el sepulcro de Hermes. 
Al parecer, este mismo empleó un diamante puntiagudo para grabar sobre una plaza de esmeralda -de aquí su nombre- las escasas líneas que componen la Tabla y que, arriba quedan reproducidas.
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No pocos opinan que, origen de la alquimia occidental puede situarse en el Antiguo Egipto.
 La metalurgia y el misticismo estaban inexorablemente unidas en el mundo antiguo.
 La alquimia, la medicina e incluso la magia eran aspectos de la religión en el Antiguo Egipto y, por tanto, del dominio de la clase sacerdotal.
 Según la tradición egipcia, el faraón Keops fue el más antiguo alquimista y el autor del primer tratado de alquimia.
Si la Alquimia interesó a los egipcios desde la más remota antigüedad, es curioso que haya ocurrido lo mismo en el otro extremo de la Tierra, el Celeste Imperio. 
En efecto, los textos chinos más antiguos -el Tsai-y-Chi y el Tao- dejan ya constancia de las especulaciones sobre esa materia y sobre las posibilidades de transmutaciones metálicas.
 Ahora bien, allá por la época del Tao se desconocía en China el empleo de los ácidos fuertes para disolver los metales, y por consiguiente, es asombroso que se emprendieran ya entonces operaciones transmutatorias sobre unas bases bastantes similares a las utilizadas por los hermetistas de la Edad Media.

Importancia del Cinabrio en el pensamiento alquímico:
 Según los alquimistas de la edad media, una sustancia puede transformarse en otra simplemente añadiendo y sustrayendo elementos en las propiedades adecuadas.
 Se creía que el Mercurio era el elemento el que confería las propiedades metálicas a los elementos y creían que todos los metales estaban formados por diferentes combinaciones de mercurio y azufre, que era el que convertía a las sustancias en combustibles y corroía los metales.
 A partir de esto dedujeron que agregando y combinando mercurio y azufre en cantidades adecuadas con un metal base como el plomo, éste transmutaría en oro o plata.
 En la tabla periódica figura con las letras Hg ya que los romanos lo llamaban hidragyrum, que significa plata líquida.
El cinabrio (se decía) es una de las piedras más buena para todo tipo de dolores, se aplica el mineral por la zona afectada y se deja actuar allí por espacio de una hora según el caso. 
Se ha utilizado desde la antigüedad para conseguir el equilibrio de los pensamientos, canalizarlos, ordenarlos y armonizarlos con el cuerpo físico. alquímicamente se creía que el Cinabrio era el símbolo de la Luz Eterna…
Pero sigamos con la historia que nos ocupa, y, a mi entender, el origen de la alquimia -al menos tal como la conocemos hoy día- hay que buscarlo entre los griegos, entre los árabes y en Bizancio. 
Hacia principios del siglo IV de la Era cristiana, Zósimo el Panapolitano fundó en Alejandría la principal Escuela de arte hermético. Hasta nosotros han llegado varias obras suyas, particularmente su Tratado de los hornos, donde describe diversos aparatos de cristal empleados como destiladores, mucho antes de que los sabios árabes señalaran su existencia. Uno de sus discípulos, Demócrito, menciona ya la presencia de los polvos de proyección: uno, blanco, y otro, rojo. La famosa alquimista María la Judía, a quienes algunos han querido identificar, erróneamente, como hermana de Moisés, vivió en la misma época. Ella fue quien inventó el sistema del “baño maría”, de tan frecuente empleo en nuestra cocina; también ideó el kerotakis -un recipiente cerrado donde se exponían a la acción de los vapores diversos metales reducidos a láminas muy finas- y el aerómetro, instrumento idéntico al que utilizamos en nuestros días y que, habiendo caído en el olvido, fue re-descubierto por Baumé en el siglo XVIII.
Por otra parte, cuando Egipto, y por supuesto Alejandría, fue dominado en el s. VII por los árabes, el saber clásico que allí se albergaba se trasfirió a la cultura islámica, y los conocimientos sobre la khemeia fueron asimilados como Al-chemeia o alquimia, palabra que tiene en sí una connotación diferente a la de la química, al hacer referencia a lo trascendental, a lo espiritual.
 Los árabes, sin embargo, utilizaron mucho más ese conocimiento, pero derivado hacia el área de la medicina y la química medicinal.
 Todos los químicos árabes más significativos fueron excelente médicos: Yabir, Razes, Avicena, etc.
Uno de los objetivos fundamentales que persigue la alquimia, es la búsqueda permanente de la inmortalidad y la denominada “panacea universal”, una sustancia o elixir que pudiera curar todas las enfermedades, acabando con las plagas, las dolencias y los males que conducían inevitablemente a la muerte. 
Otro de los anhelos de los alquimistas, seguramente el más divulgado y conocido, es la búsqueda de la trasformación de los metales en oro y plata.
 De esta manera, la producción y posesión de metales preciosos sin apenas coste, implicaba obtener la riqueza suficiente para poder adquirir o conseguir todo lo soñado.
Al final, todo se resumía en la búsqueda de la “piedra filosofal”, considerada como la única sustancia capaz de lograr la transmutación, la panacea universal y la inmortalidad. La creencia más extendida afirmaba que esta sustancia, puesta en un metal innoble como el hierro y mediante un proceso de fusión, se transformaría en oro.

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El uróboros u ouroboros (del griego “ουροβóρος”) es un símbolo ancestral que muestra a una serpiente, u otro ser reptiliano (inclusive, un dragón) representado con su cola en la boca, devorándose continuamente a sí mismo, conformando con su cuerpo una forma circular.
Se le considera el símbolo par excelente del eterno retorno, y en general de todos los ciclos, que comienzan donde empezaron. 
También representa la naturaleza cíclica de las cosas, idea de la unidad primordial relacionada a algo existente o preexistente desde el principio, cuya fuerza o cualidades no pueden ser extintas.
En un sentido más general simboliza el tiempo y la continuidad de la vida.
El texto más antiguo donde aparece es en la Chysopoeia «fabricación del oro», un tratado alquímico del siglo II, escrito en Alejandría por Cleopatra. 
Muestra la inscripción griega εν το παν, hen to pan, «todo es uno», y aparece mitad blanco, mitad negro, mostrando la dualidad presente en todo.
El uróboros ha sido un símbolo importante en el simbolismo religioso y mitológico, usado frecuentemente en ilustraciones de alquimia.
 También se le asocia con el gnosticismo y el Hermetismo, aunque fue bien conocido en Antiguo Egipto y Grecia (pero no únicamente).
 Al contrario, muchos pueblos parecen haberlo conocido y representado, entre ellos, el nórdico; en la mitología vikinga, la serpiente Jormungand llegó a crecer tanto que pudo rodear el mundo y apresarse su propia cola con los dientes.
Igualmente, en México, algunas representaciones de Quetzalcóatl o Kukulkán, lo muestran mordiéndose la cola.
En la mitología aborigen de Australia, está la Serpiente del Arcoiris.
Geber, cuyo verdadero nombre era Yabir Ibn Hayyan, vivió en el sigo VIII de nuestra Era, fue alumno de un célebre maestro islámico, el imán Dyafar, y llegó a ser también un gran sabio: Particularmente explica en sus obras la preparación del ácido nítrico, el agua regia y otros cuerpos químicos totalmente desconocidos entre los sabios occidentales; como él aseguraba haber llegado a tales descubrimientos a través de su mentor Dyafar, justo será reconocer que la Alquimia árabe obtuvo ya esos resultados tan notables en el siglo VII.
Los papiros de Leyden y de Estocolmo, datados a finales del siglo III, constituyen hallazgos fundamentales para el estudio de la transmutación de los metale. 
En ellos se describen diferentes técnicas y fórmulas referente as la elaboración de oro y plata. 
Los egipcios calentaban el oro hasta el rojo vivo, con sulfato alumbre y sal; de esa manera, los ácidos sulfúricos y clorhídrico resultantes disolvían, los metales bajos de la superficie del oro. dejando una fina capa de oro puro que después de pulida, daba la impresión de que todo el objeto poseía idéntico grado de pureza.
Tabla de Símbolos de Alquimia
Por otra parte, aumentaban el peso del oro, a expensas de su calidad, rebajándolo mediante una amalgama de otros metales. 
Todas estas prácticas serían descritas también por los primitivos alquimistas. 
En los papiros hallados también se explica el proceso de dorado mediante el empleo de una amalgama de mercurio y oro. 
Así mismo, se hace referencia a diversas fórmulas de barnices o materias colorantes destinados a teñir metales superficialmente.
Pormenorizar aquí sobre hechos y personajes que han tenido que ver con la Alquimia, sería una tarea compleja y, ni tenemos el tiempo ni el espacio para ello.
 Hasta Newton estuvo relacionado con esta misteriosa actividad de la Alquimia que, de alguna manera y sin ningún lugar a dudas, es la precursora de la Química, la verdadera ciencia.
Basilio Valentin
Monje Benedictino y Filósofo Hermético
La lectura de antiguos manuscritos, de lo que decían aquellos filósofos naturales (casi todos ellos anteponían las virtudes medicinales de la piedra a sus propiedades transmutativas). 
Tanto es así que, Basilio Valentìn, en las Doce claves de la filosofía que alguna vez hemos podido ojear, recomienda a sus lectores la “utilización” de la Piedra Filosofal para “proteger su salud”. 
En otro pasaje, el autor hace la siguiente observación: 
“Así, pues, mediante este tratado he querido hacerte ver la piedra de los antiguos, proveniente del cielo, para salud y consuelo de los hombres en este valle de lágrimas, como el tesoro terrestre más preciado y, para mí, también el más legítimo.”
Sin embargo, varios hechos permanecen envueltos aún en el misterio.
 ¿Por qué se creía preciso efectuar transmutaciones , y cuáles eran las diferencias entre la Medicina universal, el oro potable y el elixir de la vida? 
Claro que, para poder contestar estas preguntas nos tendríamos que sumergir en las profundidades del “arte hermético”, allí donde podríamos encontrar todo aquello que buscamos y queremos saber sobre lo que la Alquimia es.
Para eso, hoy no tenemos más tiempo, y, les prometo que, en otro trabajo más adelante, será tratado el tema con más, profundidad para aquellos lectores que tengan interés en ese saber de la antigua Alquimia que tanta ha dado que hablar a lo largo de la historia de los hombres…y de las mujeres que, también algunas hay que sobresalieron en esta “disciplina”.
¡Cuántas historias!