Fray Bartolomé de las Casas Procurador o protector universal de todos los indios de las Indias
Quiero recordar que fue Tomás Moro el primero que mencionó la palabra utopía, él la acuño queriendo significar y referirse a “lo que no es”, algo que queremos y deseamos pero que, las circunstancias actuales no lo permiten, un sueño de futuro, una esperanza que en el presente, es imposible de realizar y si la queremos, tendremos que luchar por conseguirla.
Cuando decimos que algo es utópico nos estamos refiriendo a una cosa, de cosas que sería deseable pero que, las circunstancias actuales no permiten y tenemos que tratar de cambiarlas para hacerla realidad.
Es como el sueño de hoy que se realizará en el futuro sólo si ponemos los medios para ello.
Él, Bartolomé de Las Casas, cuando fue consciente del trato injusto que los españoles daban a los Indios nativos, comenzó una lucha en su defensa que se convirtió en la utopía que aún perdura en algunos lugares de nuestro planeta: dignos a todos los seres humanos y respetar sus derechos que continuamente estamos vulnerando.
Si miramos en cualquier sitio, del personaje nos dirán:
“Bartolomé de las Casas O.P. (24 de agosto de 1474 o 14841 – 17 de julio de 1566) fue un encomendero español y luego fraile dominico, cronista, filósofo, teólogo, jurista, “Procurador y protector universal de todos los indios”, obispo de Chiapas en el Virreinato de Nueva España -actual México-, escritor y el principal apologista de los indios.”

Algunos, bien intencionados chocaban con la realidad cruda y descarnada de los hombres miserables y faltos de moral que sólo querían enriquecerse.
Las Historias que se pueden contar de la llegada de los españoles a aquellas tierras, no siempre son edificantes y, lo cierto es que trastornaron la vida de aquellos sencillos seres que, en su entorno y a su manera, eran felices.
Incluso después de ser ordenado, 1512, Las Casas siguió sin percibir la injusticia que con los indios se estaba cometiendo. Sin embargo, un día de 1514, mientras preparaba en su finca de Cuba el sermón del domingo de Pentecostés que iba a proniunciar en la nueva colonia de Sancti Spiritus, fue súbitamente iluminado:
“Aquel que sacrifica una cosa obtenida injustamente -leyó en el Eclesiastés- hace una oferta ridícula, y los presentes de los hombres injustos no son aceptados”
Al cabo de unos días, repitiendo la experiencia de San Pablo, era un hombre distinto. Completamente convencido de “que todo lo que se ha hecho a los indios hasta es injusto y tiránico”, decidió a los cuarenta años dedicar su vida a “la justicia de esos pueblos indios y a censurar el robo, la maldad y la injusticia cometida con ellos.”

Aquella memorable película, La Misión que protagonizó Robert de Niro, nos muestra la cruda realidad de lo que allí pasó. No pocas veces, nos cuesta mirar al pasado y contemplar el horror de los hechos.
¿Cómo pudimos comportarnos de manera tan miserable?
Puede que alguna vez podamos decir, con propiedad, que somos humanos, que el proceso de humanización ha finalizado y ahora sí, sentimos el dolor ajeno como propio.
De todo aquello recuerdo una bella melodía que uno de los frailes tocaba con su flauta “mágica” y que, en alguna de sus actuaciones, de manera incomparable, interpretó Sarah Brightman (paradógicamente) en el Vaticano.
Su título es Nella Fantasia.