Bombero, yo quería ser de chico bombero.
En mi cuadra siempre nos rescataban de un incendio, cuando a las doñas les daba por prender fuego las hojas de los árboles en un barrio
de fábricas y depósitos.
Era imposible que no fueran nuestros héroes.
Con el paso del tiempo se me fue olvidando mi vocación hasta que el capanga aquel me dijo: "El puesto es tuyo.
Comenzás mañana en el segundo turno."
Y ahí no más me dio el casco y el equipo rojo.
Bueno, no se trata de apagar focos ígneos, sino de encenderlos en la madrugada, pero bueno, nadie es perfecto.
Con todo, ya me voy acostumbrando a los grititos histéricos de las jovatas, cuando me ponen algún billete de cien, en mi estrecho slip colorado.