miércoles, 9 de julio de 2014

Aquella palabra ...


Adoro las palabras en sí mismas.
 Su sonoridad, su eco, su color, su sabor, su forma, sus aires y su hiel. 
Su desnudez y su osadía. 
Sus senderos. Su lluvia, su sitio y su no-espacio. Nunca su sentido, puesto que no lo tienen, 
así, voladas.
Si no hay nada más detrás de ellas son una hermosa danza y una vía para el ensimismamiento.
Muy hermosas también cuando claman un sentimiento, 
o muchos, y más hermosas aún cuando detrás de ese sentimiento hay una luz de verdad, si es que existe.

Las palabras nunca dichas: paz, nunca se ha dicho paz, ni enjambre, ni pupila, ni luz, ni roca ni amor. 

No se puede decir, no. Capricho metafísico.
Unidas en cadena pueden servir para tender puentes entre seres y estares, entre orientes y occidentes, entre mares y océanos, entre aquí y el firmamento, entre los tús y los yos. 
Pero al fin y al cabo sólo puentes que, bien mirado, es otra palabra que no existe.

La única palabra que es verdad: Silencio. 
Pero no la digas nunca o se romperá la magia. 
Que es lo mismo que derribar los puentes 
(que no existen).