Estaba firmemente convencido de que volar era solo una cuestión
de convencimiento.
Y desde luego, nunca consideró que carecer de alas fuera
un inconveniente, sino más bien todo lo contrario: un acicate.
Por eso, aquella tarde en la que logró elevarse del suelo de una forma duradera, no experimentó sorpresa sino satisfacción,
además de un ligero cosquilleo en cada una de las miradas.
En seguida ganó altura y cuando quiso darse cuenta ya estaba dejando atrás bosques y praderas.
A las dos horas de travesía sintió una ligera indisposición:
necesitaba plegarse para desentumecerse un poco.
Pero al parecer, dejar de volar requería dosis aún mayores de convencimiento.
Tras cuatro días reforzando su autoestima lo logró
y empezó a descender justo en el momento en que amainó
el viento del oeste, lo que consideró una feliz coincidencia,
además de un excelente augurio.

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